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ANTONIO PAPELL
León

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En toda Europa, la extrema derecha se ha apoderado de jugosos espacios políticos al amparo de la crisis económica, que ha proletarizado a las clases medias y ha convertido a los inmigrantes en enemigos de los autóctonos en la competición por la supervivencia. En Francia, en Italia y en la mayoría de los países centroeuropeos, la xenofobia ha subido varios grados y ha alimentado la hidra del radicalismo antidemocrático.

En España, el Partido Popular había conseguido hasta ahora integrar a todo el hemisferio de estribor del mapa político. Fraga, fundador de Alianza Popular, precedente del actual Partido Popular, tuvo especial cuidado en incluir bajo sus siglas no sólo a la derecha democrática emergente sino a diversos grupos procedentes del franquismo, que se fueron adaptando poco a poco a los tiempos nuevos. Y Aznar alardeó de mantener aquella unidad, que no peligró durante los dos mandatos del expresidente, quien, tras retirarse, recomendó a sus epígonos que tuvieran especial sensibilidad para continuar por aquella senda.

Es curioso constatar que las acusaciones de blandura hacia Rajoy provienen del entorno del expresidente José María Aznar, dispuesto a negociar con ETA cuando gobernaba —llegó a acercar a Euskadi a docenas de presos para facilitar el diálogo— e irreductible bastión de intransigencia después.

O sea que los movimientos a la derecha de la derecha por antonomasia, el PP, son en realidad presiones que provienen de determinados grupos del interior de la formación mayoritaria. De hecho, este nuevo grupúsculo, Vox se llama, tiene la plena simpatía de conocidos políticos populares que, con el nombre de Aznar en la boca, disputan más o menos solapadamente el liderazgo al propio Rajoy. También Mayor Oreja estaría viendo con complacencia este toque de atención, pero se guardará de abrir la boca mientras tenga al alcance de la mano la cabeza de cartel del PP en las elecciones europeas.

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Mariano Rajoy, alarmado, ha puesto en marcha una seria de medidas radicales para mostrar su afinidad con la derecha más dura (reforma del aborto, ley de seguridad ciudadana, ley de seguridad privada, etcétera) y presenta además una absoluta inflexibilidad en la cuestión vasca. Es sin embargo improbable que en este país prospere alguno de estos experimentos. Por dos razones: en primer lugar, porque nuestro sistema electoral, con su proporcionalidad corregida, hace muy difícil que las minorías lleguen al parlamento. Y, segundo, porque en España falta un ingrediente capital para la extrema derecha: la xenofobia. Ni en los peores momentos de las crisis, en que los nativos hemos padecido situaciones de lacerante necesidad, ha asomado el menor atisbo de odio racial. Al contrario: los inmigrantes han continuado encontrando acogida y solidaridad. Y en este clima, el radicalismo populista tiene muy difíciles asideros.