Diario de León
Publicado por
antonio manilla
León

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Hay una inocencia en las palabras que ya nadie pregona, un candor que conservan de su condición primigenia de idioma auroral, arcaico, adánico. Una inocencia que ya nadie ejerce en las palabras, salvo acaso los poetas, esos oráculos. Porque mientras los filólogos van a la raíz, agotando desinencias, para llegar al origen de la semilla, los poetas ascienden aladamente con la savia hasta la última hoja a punto de desgajarse del árbol de las metáforas. Y vuelan. Desprendiéndose, planean como aviadores sobre el eterno aire otoñal del mundo. La gente corriente, todos nosotros, en el mejor de los casos, acompañamos con la mirada ese cándido vuelo de un verso mecido por el viento que, a veces, nos demuestra que el emperador del ancho orbe está desnudo.

Esa inocencia de las palabras, de alguna manera, se ha encarnado. Me estoy refiriendo a esa troupe de locos amantes del reverdecer de la hierba en la mano, como la definió Octavio Paz, que es la poesía. En torno al ciclo «Le Pasquín poético”, han pasado por León, emparejados como cerezas, autores de postín y promesas en ciernes para leer en alta voz sus obras. Y, con el apoyo del ayuntamiento, pastoreados por Rafael Saravia, lo han hecho en esos atrios de la felicidad que son los bares. Bares modernos, céntricos, bien equipados, en los que, con el amparo de la noche, en amistad concernida, sus voces en temblor se han multiplicado hasta templar los ímpetus del invierno. Hasta acallar, acaso con el calor de su misterio, el bullicio de los bares en hora punta, dejando a su paso un reguero de almas atenazadas por el silencio del verbo.

Y, con ser eso mucho, uno tiene que confesar que lo más maravilloso de esta iniciativa que merece perpetuarse —lo que hace a Le Pasquín simple y popular pasquín, anónimo dispuesto en un sitio público— han sido esas rondas poéticas que, más allá del guión establecido, entre espontáneos secuaces de la magia, podríamos denominar como versos de la platea. Una fiesta del público que, rotas las amarras del pudor, se lanza a recitar estrofas viejas o de esa misma tarde, poemas tal vez sin tanto oficio como el de los escritores invitados pero con toda esa inocencia del lenguaje que debía de hablarse en el paraíso.

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