EL RINCÓN
Europa se mueve
Los mercados están nerviosos y sólo permanecen fijos los precios de la carne humana. Lo demás son devaneos y verdura de las eras. La Fiat, que era un emblema en Italia, traslada su domicilio social a Holanda y la ginebra Larios —¡dánosla hoy!—, que era una insignia de Málaga, hace tiempo que se ausentó de su tierra. ¿Qué sitio podrá encontrar con un clima más adicto para sus numerosos admiradores? Ellos, como en el fandango, se quedan. Al mismo tiempo que se van de palabra pero no de pensamiento, o sea, que se mudan, pero no se ausentan. Lo malo es que se destruyen cada día más sitios de trabajo y se ahonda la sima entre los ricos de solemnidad y los pobres de pedir un empleo. La señora Merkel, a la que nadie ha calumniado nunca hasta el extremo de llamarla filántropa, se ha visto obligada a mejorar las jubilaciones y las prestaciones sociales.
Como no repartan algo se pueden quedar sin nada los que lo tienen todo. La situación se presta a la demagogia, pero pertenece a la estadística.
Jean Cocteau decía que no hay que rechazar las recompensas oficiales y lo que hay que hacer es no merecerlas, pero es muy difícil desestimar una oferta única. Si a álguien que ama su ciudad le dicen que en otra tiene probabilidades de comer un par veces al día no duda en empadronar su estómago allí, aunque la nostalgia reclame su lugar. «No se es de donde se nace, sino de donde se pace», afirma un horrible refrán. ¿Dónde queda el amor a la patria chica si las raciones son cada vez más pequeñas? Aquí de lo único que se habla es de los cocineros estrella y de los políticos en desuso que desean que se estrellen sus sucesores.
Los ex no aceptan el prefijo. Desde el emperador Carlos ninguno cree en Yuste, ni en un pueblo que le pille más a mano. Por mucho que se hayan equivocado durante su mandato, no consienten que se equivoquen los que están mandando.
Se convierten en vigilantes y guardianes de sus hermanos. Aunque sean hermanos de leche.