HOJAS DE CHOPO
Eduardo Gordón, in memoriam
El pasado 8 de enero murió en Gijón, donde ejerció fundamentalmente su ministerio sacerdotal, Eduardo Gordón Badiola. Estaba a punto de cumplir 86 años. Leonés de Peredilla de Gordón, estudió en el seminario de Oviedo, en la época en que esta zona de nuestra montaña pertenecía al obispado de la capital asturiana. Ordenado sacerdote en 1954, su primer destino fue la parroquia gijonesa de San Lorenzo para, después de unos años en Tazones, Llanes y Ribadesella, regresar a Gijón. Primero como impulsor de la iglesia del Buen Pastor (1970-1987), época en que se gestó una intensa actividad pastoral y social por parte del grupo de curas progresistas de El Bibio, del que fue parte importante. Más tarde como párroco de San Lorenzo (1987-2004), iglesia de referencia en la ciudad después, sobre todo, de asumir el reto de levantar un nuevo templo. Se jubiló como profesor del IES Calderón de la Barca cuando le llegó la edad. Y en 2004, de las responsabilidades eclesiales, aunque hasta el último momento no olvidó ningún compromiso pastoral. Casi sesenta años de generosidad y entrega. Su gran humanidad nos acercó, con palabras de Javier Gómez Cuesta, «una persona incansable, incombustible, con honda sensibilidad sacerdotal, riguroso y fiel en todo». Un verdadero ejemplo.
Por razones familiares enraizadas en la ciudad asturiana, conocí a Eduardo Gordón. A la fluidez del afecto surgido se unió el afecto de nuestro origen gordonés. Un paisano, en el más generoso significado de la palabra. Educado, amable, culto, buen lector, al que nada propio del ser humano le es ajeno. Y es que lo humano nunca esté reñido con lo divino, como subrayaba con frecuencia. El compromiso está en la conjunción, en el hermanamiento. Fue precisamente ese compromiso el motor dinamizador de una vida marcada por el trabajo, la austeridad y su sentido fiel a la palabra dada, que se convirtió en palabra sagrada, la categoría suprema, sin duda, de la dignidad. En esta corriente habrá que enmarcar algún día la labor realizada, entre otros, por un alto número de sacerdotes leoneses que han sido, y son, un auténtico ejemplo de vida.
Tolerante y cercano a todos, especialmente a los que más sufrían, Eduardo Gordón no solo fue un hombre comprometido socialmente, sino que se implicó de lleno en acciones concretas. Por recordar algunas, que no pocos gijoneses aún recuerdan con gratitud y admiración, queden apuntadas dos. La primera fue el apoyo a los mineros de La Camocha en las huelgas de los años sesenta, lo que en la línea de su vida comprometida le costó no pocos disgustos. La segunda, aparentemente menos mediática, suponía elevar la tensión para mantener las distancias necesarias con los movimientos católicos ultraconservadores, que pretendían acaparar entonces espacios y decisiones.
Quede aquí su memoria. Y la gratitud por una vida ejemplar.