Diario de León
Publicado por
MANUEL ALCÁNTARA
León

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Los que echan discursos están pensando que los están echando en saco roto, porque cada vez hay menos gente que oiga a los que hablan. Sólo hay dos clases de oratoria: la sagrada y la militar, o sea, el sermón y la arenga y es peligrosísimo cuando se juntan, pero ambas corren un riesgo mayor cuando escasea el público. Ya sabemos que en los mítines solo se logra convencer a los previamente convencidos. Pues bien: estos están desertando y el drama de nuestros políticos de medio pelo es que, aunque se desmelenen, cada vez les escucha menos gente. No es que les entre por un oído lo que ellos dicen y les salga por el otro: es que se niegan a darle ese breve homenaje.

Al moderado atractivo de nuestros líderes ha venido a unirse la módica capacidad de las muchedumbres para dejarse atraer por las promesas. Se preguntó un poeta, nacido fuera de España, pero también nacionalizado en el gran territorio que llamamos desencanto, desilusión o descontento: «¿Qué no habremos hecho por esta patria? Algunos de nosotros hemos muerto, otros hemos pronunciado discursos». Ahora las gargantas siguen abiertas, pero los oídos se han cerrado. La gran mayoría de los oyentes lo que piden es que se calen los oradores. No sólo están hartos de sus aplazadas promesas, sino del tono aburridísimo. Habría que emplear otro idioma, ahora que la Justicia ha ordenado que un 25% de clases en Cataluña se dé en español, para que puedan entender todos lo que se dice.

Mientras más se cierran las molleras de algunos políticos, más comedores sociales se abren. Se conoce que el hambre es un lenguaje universal. También para comer hay que abrir la boca.

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