Diario de León

MARINERO DE RÍO

De vuelta al curandero

Publicado por
emilio gancedo
León

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Es oficio con futuro el del curandero que cubría las espaldas del labrador con sanguijuelas y el del ensalmador que prescribía emplastos de vinagre y ajo cocido, y dormir con la cabeza en dirección norte. Se avecinan buenos tiempos para el sacamuelas y el santero, para el componedor de huesos que se decía por aquí, ese que salvaba a quien le pasó un carro por encima a base de tablillas, ortiga verde y oración a san Lucas Evangelista. Y renacerá el interés por la alta ciencia de las hierbas curativas, saber que el ruibarbo ayuda a la función biliar y que el cebollino combate los parásitos intestinales. Más que nada porque no nos va a quedar otra.

El médico enfila en el pueblo la senda que antes tomaron el boticario, el carpintero, el molinero, el herrero, el tendero y en muchos lugares incluso el tabernero, dejando tras de sí aldeas como cascarones vacíos donde sólo se escucha hablar al viento. Únicamente resisten curas que son como unidades móviles de perdonar pecados viejos y hasta alcaldes y pedáneos deciden residir en la capital y se toman su cargo como afición de fin de semana. Hace poco decía el consejero de Sanidad que no tenía sentido que un médico acudiese a tratar a nueve personas, «mejor que esas nueve personas acudiesen a donde se encuentra el médico», que es, claro está, la ciudad. Y así, como la única vara de medir gubernamental y administrativa parece ser la cuantitativa —la cifra es sagrada, el número por encima de todo— y los médicos no quieren ‘peregrinar’ (¿pisar barro, pasar frío?, no fastidie...), condenamos a las comarcas rurales al castigo más injusto y más ruin, cerrándoles las puertas de un derecho básico, el de la sanidad, sólo por ser menos y por vivir más lejos (¿pero más lejos con respecto a qué? como dijo aquel torero en Galicia, «Sevilla no está lejos, Sevilla está donde tiene que estar»). Ya ni las cabeceras comarcales cuentan, sólo la capital alzándose severa sobre un desierto de malezas.

Volverá el curandero y el sacamuelas, volverá la Edad Media y el silencio lívido a menos que luchemos por derechos que son de todos. De todos, y no sólo de los que pisan cemento y moqueta.

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