LA VELETA
El plante de los empresarios
El pasado día 12, el presidente del Banco de Sabadell, Josep Oliu, manifestó en Londres que el Banco Sabadell «no es confesional» en la discusión sobre la posible secesión de Cataluña del resto de España. Y añadió que «el plan de negocio no contempla la independencia de Cataluña», antes de manifestar que «el país tiene vías políticas y democráticas para que haya un acuerdo, bien dentro del marco legal actual, o siguiendo las reglas para cambiar este marco. Soy agnóstico sobre la fórmula final, si hay referéndum o no, si se cambia la Constitución o si se produce un gran pacto. Pero el banco confía en un acuerdo por cauces democráticos». Aquella misma semana, un comunicado de un grupo de directivos empresariales alemanes con residencia en Cataluña alertaba sobre los riesgos del nacionalismo exacerbado, y el Círculo de Economía de Cataluña —un potente lobby económico— advertía de que la escalada soberanista podría generar frustración.
El día 14, Artur Mas, en la presentación del libro Capitans d’industria —la historia de 50 empresas familiares catalanas del sector industrial—, pedía a los empresarios que se impliquen en el proceso soberanista, que «asuman responsabilidades» y que le acompañen en su hoja de ruta «de gran complejidad».
Y el lunes, día 17, los presidentes de la Ceoe y de Foment del Traball, Joan Rosell y Joaquim Gay de Montellà respectivamente, rechazaban con claridad y contundencia la apuesta soberanista.
No es creíble que los empresarios catalanes estén socialmente aislados y no participen de los anhelos colectivos. Seguramente comparten también la irritación general que ha sacudido objetivamente a Cataluña tras la sentencia del Constitucional que supuso el inmisericorde recorte del Estatuto, pero por el carácter de sus responsabilidades personales ponderan mejor el alcance material de las iniciativas rupturistas, que supondrían una verdadera débacle para Cataluña y para España, y se empeñan con más ahínco en los intentos de solución —en las terceras vías— que habrán de ser finalmente las que den respuesta al contencioso. En otras palabras, el sistema económico catalán, estrechamente vinculado al del resto del Estado, actúa como engrudo y recuerda la comunidad de intereses que, además de los lazos afectivos, vincula a Cataluña con el tronco común.
La política nacionalista, en cambio, está postulando irresponsablemente un salto en el vacío que no toma en cuenta ni el precio que los catalanes (y los demás españoles) deberían pagar por la incierta aventura de la independencia, ni las heridas morales que padecería una comunidad mestiza como la catalana en que se han fundido numerosas sensibilidades de distintas procedencias, y cuya desgajamiento provocaría un verdadero drama sentimental.