CORNADA DE LOBO
País pendular
Tenemos una manía española muy viciosa de instalarnos en euforias exageradas y, acto seguido, entrar y campar en depresiones de caballo (¿por qué decimos de caballo ?, ¿viste alguna vez un caballo deprimido?, ¿en qué se le nota?).
El que mejor resume este tocarse los extremos es el hincha de grada que hoy levita con su ídolo y mañana lo apedrea a la salida de vestuarios porque su ley es: subirte a las nubes me da derecho a bajarte a los infiernos cuando se me cruce el cable, soy el dueño de tu fama .
En fin, esto es España... lo pendular nos gobierna... y con la teoría del muelle nos explicamos casi todo pasando en un tris del blanco al negro o del ayuno al empacho... aquí el término medio lo desterramos hace siglos.
Ejemplo: hubo euforia artificiosa hace una década y atábamos los perros con longanizas o los túneles de Pajares con millonadas, poníamos bronces en toda plaza... y palacios, pabellones, espacios, pirulones, batracios o mis cojones... y los coches de alta gama rulaban con cristales que tintaban la panza ufana de un tripalari o un delincuente con patente de corso.
Hay que decir que era una euforia facilona, pueril, de excursión y fugada de una realidad que no queríamos ver ni mucho menos desmentir. Y nos contagiábamos bien a gusto, cómo no, ¿quién se niega s la abundancia aunque sólo sea virtual y colorín?...
Ahora, sin embargo, lo contagioso es la depresión general. Todo el mundo lo ve negro y es fácil hacerse profeta o agorero con sólo ver un telediario, oír dos tertulias y leer tres cosas cruzadas. Todo el país es una quejumbre que no cesa. Y tampocu ye pa ponese así .
Razones no faltan, pero tampoco sobran; la cosa está mal, pero podría estar peor con lo poco que nos cuesta agravar problemas; habría que ser realistas, pero presumir de desgracia es un truco viejo con el que justificamos nuestra vagancia en la adversidad... por eso nos domina y tortura como a Unamuno el sentido trágico de la vida (somos novios de la muerte)... aunque también nos gusta columpiarnos en el triunfalismo idiota del que sopla una flauta de chiripa, añade Sócrates... ¿y la solución?... dar descanso al péndulo.