Diario de León
Publicado por
ANTONIO MANILLA
León

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El periódico, incluso recién horneado, siempre es de ayer. La realidad, volandera como un ave, no se detiene jamás. A lo sumo, a veces, se posa un instante sobre la rama blanquinegra del periódico para al instante extender otra vez las alas y volver al cielo, con vuelo corto de perdiz o continental como el de los alcaudones. Y la actualidad, empujada por el imparable reloj de la existencia, que nunca atrasa, así se vuelve vieja.

Trepidación de las redacciones cuando el rumor precede a la noticia y el aire es todo víspera y los dedos se hacen huéspedes ante la inminencia: hay un muro en blanco y hay un mundo por nacer en esa cáscara de huevo apenas resquebrajándose. Desaliento de los redactores cuando, pese a la satisfacción del deber concluso, salta el pájaro del nido, dejando acaso un puñado de plumas en el hueco de su ausencia. El periodista decididamente vive en paradoja: ejerce el oficio más gratificante e ingrato del mundo. Quien no lo haya vivido, no lo sabe.

Esa tenaz mezcla de sentimientos contrapuestos en que existe permanentemente el periodista, instalado en el altibajo emocional, alcanza acaso su cenit en el reportero gráfico. Al fotógrafo se le define como el notario de la noticia, tal vez por esa superstición de imparcialidad que atribuimos a las imágenes, que cuando son valiosas nunca son inocentes. Pero el fotógrafo, además de notario y capaz en su oficio, debe ser a la vez inquieto como un repartidor y paciente como un bibliotecario. Fugaz e incesante. Habita el universo siempre con prisa avizor pero tiene que investirse de monástico sosiego al final de cada jornada ante un archivo que tiende a lo ingobernable. Hay que tener hierro en el alma para aguantar ese contraste día tras día.

En todo este trajín de lo vivo, finalmente, el humilde columnista —como el lector que escribe cartas, igual que el dibujante— se fija en la llama de ayer y revuelve entre los rescoldos, no tanto por avivar esa hoguera muerta como por dejar constancia, con su mirada que ha tenido tiempo y perspectiva, de que allí hubo un fuego. No es menos paradójico su ejercicio. Aquello de que se ocupa, probablemente aún no ha perdido actualidad, permanece anclado en la memoria del papel por alguna puntada, pero su cometido en definitiva es glosar o amenizar un eco. Volver materia inflamable las cenizas.

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