EL RINCÓN
Los nuevos judíos
En el Holocausto fueron exterminados algo más de seis millones de judíos, junto a unos 800.000 gitanos, unos cuatro millones de prisioneros de guerra soviéticos, un buen número de polacos no judíos y una cantidad relevantes de asociales de varias nacionalidades: varones homosexuales, discapacitados, delincuentes comunes, etc. En total, entre 11 y 12 millones de víctimas, de las que más de la mitad eran judías.
Según estudios oficiales de la comunidad judía sobre el Holocausto, un 1,12% de las víctimas totales de la gran masacre fueron asesinados por ser homosexuales, es decir, unas 120.000 personas. La homofobia, que hunde sus raíces en el viejo tabú, no ha sido pues incruenta en el período contemporáneo de nuestra historia. Lo grave, sin embargo, es que, mientras en Occidente se van abatiendo las últimas fronteras a la integración social de los homosexuales, estemos asistiendo a brotes inflamados de homofobia que avanzan en sentido contrario.
En Rusia, donde las prácticas homosexuales fueron despenalizadas en 1993, el presidente Putin, en paradójica alianza con la Iglesia ortodoxa, ha impulsado leyes contra el proselitismo homosexual, que en realidad encubren una agresiva regresión: la prohibición de las marchas del orgullo gay, algunas persecuciones atroces que han trascendido y ciertos incidentes —como las amenazas a Madonna en 2012 por pretender defender a los homosexuales rusos— lo atestiguan con crudeza. Occidente ha reaccionado con tibieza, y la propuesta de boicotear los últimos juegos olímpicos de invierno por esta causa no prosperó.
Acaba de conocerse asimismo que en Nigeria, el país más poblado de África, el presidente Jonathan ha convalidado una ley ya tramitada en el parlamento que prohíbe el matrimonio entre personas del mismo sexo.
Si un país amenazara a una etnia —la judía, pongamos por caso— sería expulsado de inmediato de la comunidad internacional. Y sin embargo, la homofobia, que persigue sañudamente una identidad sexual determinada, no genera apenas reproche. Ya es hora de poner fin a esta pasividad y de salir en defensa de las minorías, que son la piedra de toque de las democracias.