Diario de León
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León

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En el aniversario del 11-M se ha echado de menos un examen de conciencia nacional. Irremediablemente muchos reporteros, cuando elaboran una pieza que evoca algún acontecimiento señalado, caen en la vieja costumbre de formular a ciudadanos anónimos o individuos notables las clásicas preguntas anodinas: ¿Dónde estaba usted cuando?; ¿Cómo se enteró de?; ¿Qué sintió en aquel momento? Siempre me ha parecido una de las muletillas del oficio más inútiles superfluas. La respuesta más adecuada, si nos olvidamos de los buenos modales, a veces, tan fariseos, sería: ¡Y a usted qué c. le importa!

Sigamos. Para profundizar en la misma línea de periodismo insustancial se somete al entrevistado a la segunda interrogación sobre la manera en que se enteró del suceso. Ahora la vía whatsapp triunfaría con toda seguridad de la misma forma que antaño la respuesta sería: por el «parte» de Radio Nacional de España o el telediario de TVE. ¿Y? No merece la pena continuar el cuestionario con aquello de lo que «sintió» al conocer la noticia porque la colección de respuestas tópicas sobre el eco de algunos hechos en la sensibilidad del viandante aburriría a una oveja churra; por no mencionar la sombra de sospecha sobre la indiferencia de muchos bípedos respecto a las desgracias ajenas.

Hay muchas truchas arco iris que tienen más sentimientos de empatía y solidaridad que una buena porción de la media nacional. Y, precisamente, acabamos de franquear el décimo aniversario de la masacre de los trenes en Madrid, uno de los hechos terroristas de mayor trascendencia histórica, social, humana, política, sentimental, sicológica, ocurridos en nuestro país. Pero yo he echado en falta un examen de conciencia nacional. Me han sobrado retóricas encuestas anodinas a pie de calle. Demos por hecho el imprescindible recuerdo a la memoria a las víctimas y supervivientes. Demos por amortizadas las declaraciones de políticos, jueces, fiscales y policías. Demos por hecho que la verdad judicial es inamovible.

Después de una convulsión como la que supuso el 11-M el cuerpo social todavía no se ha mirado hacia dentro para confesar en su intimidad si han cicatrizado las heridas políticas en su alma. Si a partir de entonces mira igual a su vecino islamista, si se han acentuado los sentimientos sectarios hacia el discrepante, si aquella catástrofe que envenenó la convivencia ha sido superada. Que más da dónde estaba a las siete treinta, o si tenía puesta la radio. La pregunta es si su corazón está curado de odio o de indiferencia.

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