MARINERO DE RÍO
En la calle hace mucho frío
Así, con esa afectuosa y estimulante frase, dan la bienvenida a sus trabajadores, todos los días, los jefes de una conocida cadena española de supermercados. Y a veces la acompañan con otra de similar calidez: «¡Recordad que aquí no hay nadie imprescindible!». Ambas tienen indudables componentes de verdad, por supuesto, salvo la primera cuando aprieta la calor de agosto y se funden hasta las aceras, pero el asunto al que vamos está en el desaliento de bienvenida —no se me apelotonen, vamos, andando, todos a sus puestos— brindado a un currante que parece franquear las puertas a ritmo de tambor de galeras. Un aroma cuartelario, como de penitenciaría en medio del océano, flota en el ambiente y uno se pregunta si la mejor forma de motivar al asalariado es recordarle una y otra vez que la hipoteca y el colegio de los chavales lo mantienen bien sujeto por las criadillas... y que por eso debe respirar hondo y aguantar cualquier cosa. Cualquiera.
De ahí que los centros de trabajo se hayan llenado de humillaciones y silencios. De jefecillos crueles que empuñan el látigo con sonrisa feroz, satisfechos ante el regalo que por fin les deparó su falta de escrúpulos —luminoso horizonte en estos tiempos, el suyo es perfil de futuro—, y de compañeros amedrentados o aduladores, y mudos, no sea que una palabra más alta que otra les haga dar con sus huesos en la calle heladora.
No llegó a descender sobre la tierra el paraíso proletario por el que clamaba Lenin subido en cajas de huevos, pero sí que accedimos a los cielos del patrón despiadado. Ese en el que un presidente de organización empresarial pide sin sonrojo que el trabajador pague 45 días por año a la casa que lo despide o aquel en el que los contratos se firman por quincenas, y gracias. La crisis es el gran invento de esa casta, pero también un arma de precisión que cualquier día les estalla en la cara a sus creadores. Mientras tanto, bordan las empresas sus felpudos con las palabras del divino Dante:
«Abandonad toda esperanza».