TRIBUNA
La perversión de la Justicia
Personalmente me resulta violento rechazar, en los distintos procesos, las desvirtuadas actuaciones que en algunas sentencias judiciales se vienen dando a cargo de los profesionales —jueces y fiscales— por no atender a la escrupulosa obligación de solventar con justicia tales eventos.
Dentro de mi casi nulo entendimiento en esta materia, hay un hecho que estimula el instinto humano, y que los «entendidos» apuntan como ignorancia: la desconfianza continuada a la negligente perversión que se practica por la ausencia inexcusable de la razón.
Al embarcarme en esta rara aventura, soy consciente de la responsabilidad moral que adquiere mi modesto criterio, tratando de justificar los defectos, a veces clamorosos, que manejan los veleidosos profesionales, atentos más a afinidades de rango político y signo corporativista, que a la atención a la imparcialidad que juraron con la asunción de los respectivos cargos.
Al adentrarme en este laberinto de concepción personal, debo justificar con clarividencia, el porqué de la denuncia de estos comportamientos. Intentaré de manera informal, pero veraz, traer a esta cita algunos de los hechos que pueden dar fe de la sorpresiva naturaleza que producen estos inesperados resultados.
En uno de los acosos al palacio del Congreso de los Diputados, por «entes» antisistema, tomadas las imágenes del rifirrafe con las fuerzas del orden por las cámaras de las distintas televisiones, se puede ver con nítida claridad la desmesurada violencia con que eran zarandeados los agentes que trataban de poner orden en el ímpetu de los asaltantes, siendo agredidos sin contemplación alguna por esos esbirros ajenos al delito en que estaban incurriendo, cuyas consecuencias deberían acarrear el máximo castigo que se contempla por la aplicación de la Ley de Orden Público, tanto de orden penal como civil y administrativo. Pues bien, el juez encargado de dar solución a este conflicto, se despacha exculpando a todo este colectivo como si de una acción irrelevante se tratara, no merecedor de pena alguna.
Yo personalmente contemplé en varias tomas de la televisión el tumultuoso suceso, y puedo dar fe de que se trata de un garrafal fallo de objetividad y conciencia del magistrado «estrella» de turno. Si la prevaricación encuentra acomodo por fallos inexcusables, en este caso se puede graduar de matrícula de honor.
Este mismo «profesional», en la toma de decisión para autorizar o negar la ejecución de un acto de «desagravio» que celebraron los criminales de ETA, indultados por «secuaces justicieros» de Estrasburgo, se lavó las manos como Pilatos y autorizó la algarada, temiendo prevaricar si no permitía tal aquelarre. Señor magistrado, haga autognosis y conocerá sus limitaciones. No está a su alcance detentar un cargo de tanta responsabilidad, especialmente de tipo moral. La conciencia arguye al conocimiento interior del bien y del mal en tales eventualidades. Descubra en el proceder de sus acciones que la ausencia de Justicia estimula la continuación y propagación de los desórdenes.
Con el fin de concitar más actos «ejemplares» de esperpéntica naturaleza y respetar el tan traído y llevado sello de la igualdad de «oportunidades», citamos las agudezas de otro insigne «profesional» de la ininteligible Justicia, que en fecha 22 de marzo pasado próximo, nos dio otro «concierto» de responsabilidad justiciera, que nunca sentará cátedra en el ámbito de la Jurisprudencia universal.
Nos referimos al agresivo y tumultuoso acoso sufrido por un grupo de agentes del Orden, protagonizado por una caterva de energúmenos antisistema de extrema izquierda, jaleados por afectivos próximos de formaciones paralelas. La puesta en libertad de tales esbirros activistas no deja lugar a duda: se trata de una especie de sarcasmo redundante de juego de palabras, que al mismo juzgador le será difícil descifrar.
¿Cómo compaginar las graves y espeluznantes lesiones en la cabeza de dos agentes heridos, con la puesta en libertad de los agresores, alegando el «docto» juzgador que tales criminales no tenían intención de causar daño alguno? En este injusto quebranto de la imparcialidad y atentando a la Justicia, nos topamos con otro acto de auténtica prevaricación que el Consejo del Poder Judicial debería tener en cuenta, para no hacerse cómplice de tal fechoría. No debería olvidar, que de no rectificar, procedería obligarle a otras ocupaciones más asequibles a su injusta condición.
Puede resultar sorprendente que un ciudadano de mi modesta condición, se atreva a condenar las sucesivas actuaciones que en el ejercicio de la Justicia se vienen produciendo; pero amparado en la libertad de expresión, mis principios me empujan a no conformarme con este tipo de injustas soluciones que menoscaban la confianza en una situación de la que la Sociedad en general, creemos tener efectivo amparo ante cualquier tipo de despropósito. Por tanto me apunto a que este tipo de comportamientos desaparezcan.
Un Estado de Derecho nunca debería ser soliviantado por las funestas actitudes de aquellos desaprensivos que ocupando cargos de responsabilidad manifesta, se aúpen a un poder y status que no les corresponde, evitando con ello la perversión de la verdadera e invulnerable Justicia.