MARINERO DE RÍO
En manos de quiénes estamos
Un día decidieron elevar la vista a la rama más alta del árbol y los vieron. Nadie sabía muy bien cómo demonios se las habían arreglado para subir hasta allí, qué medios emplearon para auparse a ese lugar de privilegio, pero el caso es que eran ellos, no cabía duda: hacían muecas y monerías, y se daban golpecillos en el pecho avisando de su presencia a los demás habitantes de la selva. Eran los más torpes y obtusos miembros de la manada, sí, pero también los más crueles, los más desalmados, los que carecían de cualquier clase de escrúpulo o aquellos que habían conseguido echar a patadas la moral de sus madrigueras. Reían a carcajadas nerviosas, animándose entre sí, y se rascaban las espaldas con innegable placer hasta que una súbita coalición de dos o tres se dirigía contra otro, lo asaltaba amparándose en el descuido o la mentira y lo lanzaba fuera de la rama para que se estampara contra el suelo.
Aquellas criaturas sólo entendían el lenguaje de la apropiación y el acopio de frutos, pedazos de animales muertos y objetos brillantes por los que sentían veneración, y gustaban de sentarse encima de ese botín chillando y parloteando y, de vez en cuando, dejando caer pequeños fragmentos de alimento a la enorme población que se agolpaba hambrienta en las ramas inferiores. Buena parte del montón de riquezas ya se había corrompido y hedía con fuerza, pero los simios de la rama más alta seguían compitiendo por aquellas carroñas haciendo uso de su malvado ingenio. Un día, uno de los de abajo se fijó mejor y vio que quienes mandaban eran, precisamente, los más ineptos e incapaces. Los que, a falta de cualquier atisbo de talento o esfuerzo, hacían uso de la humillación y del engaño para conseguir sus fines —más bienes y más parabienes—. Todo a base de lisonjear a unos y mortificar a otros. De fingir, engañar, seducir y maltratar. La criatura se sintió llena de ira y, con un gesto, apuntó hacia arriba. Todos miraron; cientos, miles de ojos contemplando en silencio. Unos querían acabar con ellos. Otros, ocupar su puesto.
La historia es vieja y se repite.