PANORAMA
Balas perdidas
Las demás encuentran siempre su destinatario, que en Europa fueron unos 60 millones de personas, según cálculos aproximados. Los muertos de la guerra, a pesar de ser incontables, se cuentan agrupados bajo el suntuoso túmulo que acoge al llamado ‘Soldado desconocido’, al que sólo conocían sus amigos, sus padres y la madre patria que los parió. Cuando Erich Maria Remarque escribió Sin novedad en el frente fue acusado de antibelicista, que más que un reproche es un elogio. Cuenta cómo le llegó un último proyectil a un uniformado inocente cuando ya se había acordado la paz. Ahora, cuando se ha llegado a un acuerdo, de esos que suelen llamarse tregua, en el este de Ucrania han muerto tres personas en Slaviansk, en un control de carreteras.
Nunca serán llamados protomártires, ya que si el conflicto bélico continúa tendrán verdaderas muchedumbres que sigan su ejemplo. Está claro que las balas, una vez disparadas, son muy desobedientes y a los muertos les da lo mismo despedirse del mundo en Stalingrado que en una reyerta de esas que no constan en la geografía de las grandes batallas que luego se venden por fascículos. Nadie elige su amor, ni su destrucción. Pero los efímeros dueños de este mundo están todavía en disposición de parar lo que se nos viene encima, aunque Ucrania nos pille lejos.
El mundo se ha achicado y cualquier guerra es ya una guerra civil, aunque los prorrusos le estén pidiendo a Putin soldados y más soldados tras la ruptura de la tregua. Mientras los dioses no cambien de comportamiento pocas cosas podemos hacer los pobres seres humanos, salvo aspirar cobardemente a desentendernos. El objetivo de la mayoría es librarse, como si no fuera con nosotros lo que hemos traído entre todos. No iba descaminado aquel sublime loco autodestructivo que fue Baudelaire cuando dijo que la vida es un hospital donde cada uno busca cambiar de cama. Lo grave es que los enfermeros también están internados.