Diario de León

TRIBUNA

‘Peces transparentes’ de Julia Conejo Alonso

Publicado por
VENANCIO IGLESIAS MARTÍN.
León

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Ayer encontré un gato intentando ponerse en pie en mitad del asfalto después de que el coche de un desalmado lo atropellara. ¡El dolor del animalito, que no encuentra expresión, sino en levantarse y caer y temer un nuevo aplastamiento! ¡Dolor en el gesto! ¡El opaco dolor sin nombre, sin expresión, sin el alivio del grito! Un hombre se acerca al abismo y se estremece. Un hombre tiene un penoso diagnóstico y se derrumba. Otros hombres pasan junto al dolor y vuelven la mirada hacía la belleza de las nubes o se encogen de hombros, porque ese dolor ya lo han visto muchas veces en la televisión o porque ni el grito ni la expresión desesperada los conmueve. Alivia encontrar gestos y palabras para la expresión del dolor.

Una poetisa se acerca al desfondamiento del hombre y se ve asaltada por el estremecimiento que produce la visión de la conciencia desgraciada. Ni mira a las nubes, ni se encoge de hombros sino que sufre y busca una expresión para que el dolor rebote y asalte la conciencia de los demás. Así se acerca la autora de este delicioso libro de poemas a la realidad, y la realidad se hace transparente. La vida se hace transparente y la vida es dolor inútil. La poesía es experiencia del dolor propio y su música expresión del dolor común.

En cada poema de este libro mágico — Peces Transparentes — tiembla esa conciencia, y tanto, que uno entiende que esa es la esencia de la poesía. En cada poema un acorde final, una nota altísima de violín o la grave vibración de un bordón, deja en el aire ese estremecimiento de haberse acercado al abismo humano y haber presentido un tropiezo y una caída. La mayor parte de los bellísimos poemas de este libro alcanzan su mejor expresión en la extinción de la voz; donde el poema acaba y (lo sabemos) la vida vuelve amenzadora, aplastante, pero eso ya no lo dice esta dulce poetisa sin hiel. ¡Gracias!

Temas de siempre, nuevos. Los colores de la noche, ya no romántica, hermoseada por la miopía; el sabor amargo de la verdad desnuda; la ausencia que una niña dejó y, desde el pasado lejano, nos asalta el recuerdo de aquella oquedad; la brutalidad del lento paso de las horas descubierta en un «todavía» en medio del insomnio; el paisaje desolado de una llanura interminable con dos niñas; el temor de ser mirado sin tener conciencia de ello, la magia de la voz de la abuela que escribió su saber en el aire…

La más variada temática de siempre y sin embargo nueva. En el momento en que nos volvemos de madera o piedra, persiste en esos temas el estremecimiento cósmico de la condena primera: parirás con dolor y sufrirás por tu sustento. Pero la poesía da conciencia del dolor y lo alivia. Algo de la atmósfera del Espíritu de la colmena tiene este libro, visual y tierno, lleno de saberes tristes en su hermosura. Esta poetísa habla en voz bajita de verdades humildes de su vida escondida.

Tiene la réplica femenina de la voz de Leonard Cohen y el gesto de un poeta pensativo y triste, digamos A. Machado. Cuando la esencia palidece y se hace lejana, cuando los artistas ven crecer la ceguera, entonces aparecen libros de poetas nuevos. Y este es uno.

El proceso de cosificación no ha terminado. Un gato malherido en el asfalto, un ala de gorrión pegada al suelo de la autopista diciendo adiós a los niños viajeros, diez millones de negros asesinados por un rey belga en el Congo, una masacre hutu o una masacre tutsi, hornos de exterminio que quedan como testigos mudos, dos ciudades nadificadas por un fuego que no es fuego, cien millones de muertos por la idea comunista…y la cosificación del hombre no ha acabado.

Esta poetisa frágil en la fragilidad de unos poemas de frágil cristal Murano, en la fragilidad de un idioma —infantil de puro nuevo— al borde mismo del silencio, sin la posibilidad de un grito liberador, de una expresión desmesurada de esas que «dan testimonio», con una sintaxis hecha de hilos de seda, esta poetisa, digo, pasa junto a las cosas con la elocuencia del casi no decir nada (¿ya para qué después de tanto horror?) con la elocuencia de la constatación que epifaniza una perspectiva insólita, un brillo delicado, una pasión contenida, una tristeza que aguanta el llanto y extrae un saber dulce de dorado estoicimo femenino.

Ya no nos sobrecogen los efectos especiales de cierta poesía joven de escaparate y bisutería. Nos aburre esa voluntad de reunión de poetas para (quien que a verso mata, a verso muere) recitarse «genialidades» que (y lo saben) los compañeros no aprecian. Nos desconsuelan los poetas gesticulantes que buscan en la prensa, el teatro o la novela, la notoriedad que no puede dar la poesía. No nos conmueve el alarde de metaforía abstracta o ritmos de halago al oído bobalicón. Con Hernández díríamos, tanta imagineria «de cristales/ al frensí llevando los colores/ en una pugna en una competencia/ de originalidad y de excelencia./ Babel de las babeles»… Al menos yo, solo me dejaría impregnar de la emoción de un verso que, como el agua escondida de una acequia, canta –gliruliru- este melancólico pasar sin aspavientos, mirándolo todo con el amor que el recuerdo pone en nuestro pasado feliz. Solo quiero oídos para ese verso escondido, recóndito que bordea el silencio, que me dice una verdad humilde y deja su emoción en el aire vibrando en tono menor.

Así es Julia. Una voz que no sube el tono, un airecito gris que roza la piel del alma, una conciencia de la pasión inútil, un alma herida de recuerdos que se elaboran en su primera pureza.

Dios bendiga el hacer poético que nos dice humildemente: hay mucha tristeza acumulada pero no todo está perdido. Es la hora de la poesía que torna gris el fondo negro del abismo y convierte la mirada en una forma estremecida de contemplación.

Si pasas junto a una librería, llévate a casa este manojo de joyas y goza de la riqueza más sencilla que sale de un corazón limpio. Déjate contagiar de la desolación porque, sólo si llegas al fondo, sabrás lo que es el corazón humano. Y luego olvida. Porque el corazón, como dice el aserto árabe, es corazón porque olvida. Olvida lo que quieras, olvídalo todo si quieres, porque todo lo que has vivido en el libro no se olvidará de ti y te dará nueva mirada sobre el mundo: lúcida, triste y aliviada.

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