Diario de León
Publicado por
EMILIO GANCEDO
León

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Resulta difícil encontrar en el mundo una tierra que, asentándose en tan buena materia prima, se empeñe de manera tan vehemente en cercenar sus mejores opciones de futuro. De veras que sí. Al menos podemos consolarnos diciendo que es un espectáculo grandioso de ver, casi épico, un acabamiento digno de constar en los más grandes cronicones, como la peste negra o las guerras del medievo. Y lo merece porque este pueblo se ha aplicado a ello de forma verdaderamente seria y profesional, sin desfallecer un instante, apoyándose unas veces en instancias o personajes foráneos, emprendiendo otras por sí solo —o bajo mano de señeros traidores con calles a su nombre— las más bestiales destrucciones. Ahogamos villas montañesas que hoy serían centros nacionales del turismo rural y bellísimos pueblos de piedra o barro quedaron irreconocibles tras sucesivas dentelladas arquitectónicas propinadas con salvaje alegría. El paisaje de praos y cierros vivos, impagables pulmón y botiquín, es ya testimonial, y muchos productos agroganaderos de los que nos gloriamos proceden de tierras lejanísimas. El político ensalza lo autóctono pero por tras sigue haciéndole la vida imposible al pastor. ¿Cómo se come eso?

Lo que no tiene nombre es que en la tierra que fuera siempre sinónimo de río, saltarín y torrentero arriba, plácido y anchuroso abajo, que allí donde tres mil kilómetros de agua dulce podrían desbordar de posibilidades y riqueza, no pueda uno llevarse las truchas a casa y sólo quien pague tengan acceso a la orilla. No lo tiene. Dicen los artífices de la nueva ley de pesca autonómica que es para controlar las maltrechas poblaciones. ¿Y quién tiene la culpa? ¿Los pescadores? ¿O los vertidos incontrolados, las extracciones de áridos, los predadores de última hornada o las toneladas de fertilizantes y pesticidas químicos que requiere un campo deshumanizado, puro veneno? «Antes vivíamos de cara al río. Ahora no miramos para él», me dicen en un pueblo del Órbigo. Lógico. Antes eran sinónimo de cangrejos, peces, baños y meriendas. Ahora, de multas, vetos y basuras.

No tiene nombre el último de nuestra larga y suicida lista de delitos, así que tendremos que inventarlo para que conste en el acta del escribano: el riicidio .

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