LA SEMANA
Europa aún es la primera potencia
El desconocimiento generalizado sobre Europa supone, por ejemplo, que los ciudadanos no sepamos que la Unión sigue siendo todavía la primera potencia mundial por delante de los Estados Unidos. Decimos todavía, porque puede dejar de serlo si no se resuelven los graves problemas que la aquejan y que solo afloran discretamente en esta campaña electoral. La realidad de esta potencia la definen tres datos: solo el siete por ciento de la población mundial vive en los países de la Europa Comunitaria; sin embargo contribuimos creando la cuarta parte de la riqueza del planeta. Y esta Europa nuestra, que Dios nos la conserve, gasta la mitad del dinero que en el mundo se destina a bienestar social. Hay que extender esa protección solidariamente a otros, pero también evitar que se recorten los derechos que disfrutamos, y que no sabemos valorar.
Estas cifras enmarcan una situación positiva pero encierran profundos retos que no se sabe como afrontarlos, por ejemplo, el paro desbocado que afecta especialmente a jóvenes que nunca lograron salir de casa para trabajar. En la Unión, cerca de seis millones de personas entre 15 y 25 años están en esa situación y una parte de los casi 19 millones de jóvenes que sí trabajan, lo hacen en condiciones de temporalidad y precariedad. En todos los programas electorales se habla de este asunto pero el Gobierno Europeo tiene pocos recursos para que las promesas se cumplan. Recursos escasos pero además pocas ideas para encontrar soluciones. El ministro alemán Finanzas, y antes de Interior, Schäuble, del que se dice que manda sobre Europa y sobre la propia Angela Merkel, diagnosticó ante Mayor Oreja que «el problema de los europeos es que hace tiempo que no sabemos lo que son los problemas y hemos creado una generación de ciudadanos que no sabe afrontar los problemas». No es un juego de palabras. Se difuminó, además, la cultura del esfuerzo que fue la base para la construcción europea.
Con ese desafío de fondo y con el riesgo de dejar de ser la primera potencia mundial, cuesta comprender la apatía hacia las elecciones del próximo domingo 25 de Mayo. Sin duda, esto es el resultado, además de esa voluntad acomodaticia y del desencanto, de la falta de información practicada por el gobierno europeo que se refleja en los sistemas educativos de los 28 países socios. Y la debilidad de la educación cívica favorece el ascenso de partidos xenófobos, ultraderechistas y antieuropeos que, previsiblemente, serán más fuertes dentro de muy pocos días. Las encuestas son alarmantes y en Francia se teme que el primer partido, después del 25 de mayo, sea el Frente Nacional de Marine Le Pen. Y que los antieuropeos lo sean en el Reino Unido.
En esa campaña electoral, que rezuma debates básicamente sobre problemas internos, ha habido, en el caso español, un suceso muy pertubador. El asesinato de la presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco, conmocionó a la ciudadanía y paró la campaña. Pero hay quien estima que hubiera podido ser aún peor. Milagros Luis Brito, ex consejera de Educación de Canarias, confiesa que se estremeció al conocer la noticia por el hecho en sí mismo y por el temor a que el ejecutor del crimen, en aquel momento desconocido, hubiera sido una persona desahuciada de su vivienda, o un desesperado por la crisis. «Se hubiera abierto la puerta —cree— a una situación verdaderamente inquietante». No le falta razón. Gracias al policía jubilado que vio de lejos el asesinato y que siguió a la ejecutora, se evitó una conmoción política todavía mayor. Cabe imaginar, de no haberse esclarecido en pocas horas la autoría del hecho, una campaña electoral ensombrecida con especulaciones sobre un nuevo brote terrorista, o un estallido puntual de ira social por el desgaste de la crisis. Ciertamente, cualquier situación grave es susceptible de empeorar.