MARINERO DE RÍO
La generación
No han parado de bregar. Rara vez les hemos visto quietos. Hasta en vacaciones se dedicaban a frecuentar los mercados portuarios y las lonjas, y a charlar con las mariscadoras para luego preparar condumios de aúpa. Siempre han de producir, fabricar, limpiar, archivar, podar, renovar o trasladar porque han estado así toda la vida y no saben respirar de otro modo. Es una generación, o mejor, es ‘la’ generación, con artículo determinado: la que ha venido sosteniendo este país sobre los hombros a lo largo de décadas vitales y que hoy continúa desempeñando para sus descendientes labores de asistencia de no poca importancia... cuando no absolutamente imprescindibles.
Nacieron en la posguerra y años inmediatos, la mayoría en pueblos donde lo gordo del sustento provenía, aún, de trillas y entresaques, estudiaron lo justo y se pusieron a trabajar siendo apenas unos adolescentes. Sus padres —otro día hablaremos de ellos, los que ahora tienen noventa o cien, ya no hay tantos, son los últimos exponentes de un mundo con escasa variación desde el neolítico— barruntaron el cambio y los enviaron a la ciudad, enfilándolos hacia la mejora. Se asentaron en pisos con derecho a cocina, se enamoraron en verbenas y se divirtieron poco, con tímida mesura. Vivieron la Transición temerosos de perder el seiscentos comprado a plazos y la ‘movida’ ochentera les pilló en la oficina, el taller o la tienda; de ella sólo supieron por la tele o por el hijo con chupa de cuero que llegaba a las tantas. Se pasaron la vida trabajando... y pagando. Pagando la EGB, el BUP y la universidad de los guajes, mil impuestos y cánones, cotizando la pensión, sosteniendo un sistema sanitario que ahora les racanea (¡a ellos!) camas y medicinas, afrontando hipotecas suyas y ajenas... siempre sosteniendo, aguantando.
Hoy les vemos de aquí para allá haciendo la compra, llevando al cole a los nietos o pasando la jornada entera con ellos: sus horas extra resultan imposibles de contabilizar. El jubilado de sesenta y muchos o setenta mira el mundo ahora en crisis lo mismo que si le hubieran gastado una jugarreta cósmica: «¿Y cuándo descansaré yo?», parece preguntarse.
A eso, amigo, no te enseñaron.