Diario de León

TRIBUNA

Zapatos de cristal de Ana Isabel Conejo

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León

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Hace seis años, esta poetisa ganó el premio Alfons el Magnànim de buena andadura y prestigio, e Hiperión publicó el libro ganador Zapatos de cristal , con esa seriedad austera que la editorial pone en sus libros de poesía. No es un libro más y, por eso, hay que volver a subrayar las palabras nuevas que quedan resonando en este lento crepúsculo de la poesía. ¿Pero todavía hay poesía? ¿Acaso no estamos en un momento en que la palabra misma provoca comentarios entre comprensivos y burlones? Y sin embargo la poesía vuelve con tozudez, en libros mínimos hechos para volar, como este que echó a volar hace seis años y espero que vuele muchos, muchos más. Este libro tiene un pulso firme, quiero decir un corazón firme de esos que se quedan temblando en la contemplación pero están destinados a resistir merced a su pureza.

El poema liminar ya impone la atmósfera en que la palabra tomará sentidos nuevos no escritos: el miedo es el título del poema pero su desarrollo es un conjunto de intentos de definición. Tantear y tantear definiciones es espiar las infinitas posibilidades de comprender el mundo desde los ángulos más diversos, pues al fin y al cabo, el progreso del conocimiento no es otra cosa que identificación de los objetos del paraíso perdido, que es el espacio ganado fuera del jardín, y asignación de nombres cada vez más exactos a las cosas. A eso se reduce el arte y la ciencia. Pues bien, todo el libro responderá a este bello y humanizador propósito: encontrar el nombre verdadero, ese nombre no contaminado por la cháchara de la calle y los media, o por la palabra de las tinieblas como dice Steiner. El lenguaje parece mirar a la poetisa y decirle, escoge con cuidado (la poesía es arte de selección), no te equivoques: una palabra impropia, y la verdad que buscas se esfumará. Si quieres describir la ruina, escoge palabras no-arruinadas.

Cada poema de Zapatos de cristal es un extenso(!) libro de veinte o treinta versos, cada uno de los cuales pone en obra lo virginal de un acorde jamás escuchado. La inocencia de la poetisa reside justamente ahí, en ese no saber «sabiendo» que todos los acordes ya han sido escuchados y todos se guardan bajo un teclado de marfil. Tarea delicada es la del marfil de la mano de esta mujer contra el marfil enigmático de un teclado.

En los acordes ocultos de este libro hay dos tipos de emociones susurradas y gritadas: las infantiles ante todos los juguetes rotos de la infancia, y las del grito de Munch que recoge toda la angustia humana y la arroja al aire en mudo vibrato del color de las pesadillas y de espaldas a un atardecer sin perspectivas.

Todo ha sido dicho, ella lo sabe, pero la vibraciones son nuevas. Y las vibraciones, los poemas no quieren «dar ideas» sino soltar el resorte que dispara el pensamiento en orden a descubrir los secretos mundos en los que vive atada el alma. El ramillete titulado La bella durmiente del bosque es un grito explícito. El cuento de Perrault pone de relieve que se trata de un dormir sin sueños y un despertar de amor. La poetisa dice: —¡Utopía! La princesa tiene sueños oscuros, como los que me aquejan, que terminarán en el espanto de un despertar en mitad de un amor real. O ¿tal vez fui yo una princesa dormida en el bosque esperando a Virgilio para que me sacara de la maleza? La nostalgía del paraíso infantil se derrama o se contiene en versos de dulce ritmo interior y eufonía silábico-acentual. Y suena todo tan verdadero… No, no hay engaño. El pasado no engaña. Suena dulce el acorde pero termina en queja o bien, en un «dolorido sentir» garcilasiano.

Y el lector adivina la melancolía fraternal de la poetisa que le dice: así ocurrió conmigo, así será contigo. Este es el saber de la tarde-noche: «El no saber sabiendo, toda ciencia trascendiendo». La poetisa mira ese mundo arruinado.

La poesía de esta mujer es también el acto sacro de iluminar los aspectos más oscuros de la existencia; ese fondo negro que el hombre guarda en un pozo profundo. No se trata de psicoanálisis barato, sino de la constatación de un deber: el deber de «dar cuenta». Mirar el fondo de la existencia con temor, desde luego, pero con decisión, nada de escapismo, es el gesto honesto del verdadero poeta. Ya no es «dar testimonio» como se creía en los años sesenta (¿acaso «dar testimonio» evitó nunca una catástrofe?) aunque el testimonio está en todos los poemas, sino mirar lúcidamente el pozo negro del corazón humano. Y en el vértigo de la mirada encontrar, en el hombre, el mismo fondo abismal en Irak que en las Torres Gemelas, en Palestina o en el chapapote de la Costa da Morte, en Bali o en el corazón del vecino.

Del crimen y la sangre no sale ninguna verdad. Pero la belleza poética está en ese oxímoron del grito mudo de Munch que ni reclama, ni se queja y su «dar cuenta» brota del desacuerdo con todo lo geométricamente paralelo que le acompaña, la baranda destinada a temperar el miedo pero que marca un sendero inevitable de todo lo humano temible.

La erosión cotidiana del significado de las palabras en el idioma de los medios de comunicación y el desgaste a que el idioma se ve sometido en el habla cotidiana, cada vez más convencional, dejan maltrecha la materia misma de la poesía. Añadamos el vaciado de significado del idioma en el discurso político y comprenderemos lo que un poeta debe trabajar para devolver a la palabra su rostro humano, su significado nuevo: el del Paraíso. Esta poetisa puede decir como Espriu. Em viscut per salvar-vos els mots, per retornarvos el nom de cada cosa. «Hemos vivido para salvaros las palabras, para devolveros el nombre de cada cosa». Por eso, porque se le debe tanto, cualquier poema de este libro es merecedor de todos los premios que ha recibido.

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