Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Explicado en términos gastronómicos, el bipartidismo es un restaurante con una carta limitada a carne o pescado. No diremos que por ello su género sea malo, pero hay quienes ahora desean degustar, pongamos por caso, la menestra, el cocido o el melón con jamón. Si tal ampliación en la oferta es acertada o no ya se verá. Los últimos resultados electorales no deben ser achacados únicamente a la crisis, al menos no a la crisis de la economía. A mi entender, reflejan también el voto contra la profesionalización excesiva de la política. Una parte de la ciudadanía percibe con indignación que los políticos de los grandes partidos son los únicos, gobiernen o estén en la oposición, cuya economía personal no se ha visto perjudicada. Que siempre han estado, están y estarán ahí eternizados en la oferta de la carta, encantados de haberse conocido. Se pueden y se deben poner importantes matices y excepciones a esto último, pero parece obvio que dicho malestar es un sentimiento colectivo, que se ha expresado a través de los votos. A veces, las masas se rebelan. Quizá el problema no esté en el bipartidismo en sí, sino en dicho eternizarse de algunos rostros, de ciertos discursos que llevan ya demasiado tiempo obsoletos y que están actuando de freno para hallar soluciones al derrumbe de un sistema. Algunos políticos son imborrables como un tatuaje. Nada que objetar a los que están y trabajan, pero es que el voto tiene memoria y se acuerda también de los muchos que están pero como si no estuviesen.

Nuevas propuestas ideológicas han venido a ampliar el menú. ¿A mejorarlo? Es pronto para decirlo, así como para aventurar futuros resultados en elecciones nacionales. De momento, la carne o el pescado siguen siendo los platos más demandados, pero se han ampliado las posibilidades de la guarnición. Ahora, por ejemplo, la cebolla se puede pedir caramelizada.

Ojalá los «nuevos» aporten visiones enriquecedoras, más allá del aquí estamos nosotros. Y que su presencia no termine siendo mera llave para votaciones. Mientras, en la culta Francia, pero no sólo en ella, la peor extrema derecha, chulesca y racista, brinda por las innovaciones en la carta. En esto de la gastronomía política, también hay comida basura.

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