Diario de León
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ERNESTO ESCAPA
León

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Bembibre ha recorrido todas las escalas de la prosperidad, aprovechando su condición de llave del Bierzo. En ese camino sacrificó parte de su belleza natural e incluso el castillo, pero nunca su vitola de buen vivir. Ahora se plantea convertir la modernista Casa Villarejo de su plaza Mayor en espacio público de uso cultural, cuando han transcurrido dieciséis años de la muerte de su último titular, el industrial y fotógrafo Bernardo Alonso Villarejo. Don Bernardo fue el último filántropo de la villa del Boeza y dispensó ayudas importantes al museo, a la residencia de mayores o al santuario, a la vez que donaba el terreno para la céntrica plaza de don Quijote. Amigo y confidente de Marañón, Bernardo Villarejo fue un viajero impenitente, que iluminó la posguerra con el respiro de sus estancias en París, Basilea, Londres o la Costa Azul. A Madrid bajaba todos los meses.

Hace siete años se produjo el rescate de su importante labor de fotógrafo y ahora el destino de su casa al servicio público reconcilia a Bembibre con su mejor perfil. Durante siglos, la villa del Boeza ha hecho justicia al eslogan de su nombre, que la proclama sede de la buena vida. Ese gozo existencial encontró acomodo en el enclave más hermoso, un paisaje natural que las alteraciones del desarrollo han ido mancillando hasta el colmo de crucificar la loma del Redondal con molinos eólicos. Sin embargo, en la tercera década del diecinueve el vendedor de Biblias George Borrow pudo dedicar al valle su más encendido piropo: «Acaso no encuentre, aún buscándolo por todo el mundo, un lugar cuyas ventajas naturales rivalicen con las de esta llanura o valle de Bembibre, con su barrera de ingentes montañas, con sus copudos castaños y con los robledales y saucedas que visten las márgenes del río». Faltaban unos pocos años para que El señor de Bembibre, del romántico Enrique Gil y Carrasco, universalizara el nombre de la villa en uno de los pocos textos narrativos españoles de aquel momento que todavía aguantan una lectura placentera.

En la plaza, una imagen moderna del Sagrado Corazón corona la espadaña y recuerda el incendio revolucionario de 1934, cuando los mineros salvaron del fuego al famoso Cristo Rojo. La tradición pretende que esta iglesia insípida fuera la antigua sinagoga de la judería de Bembibre. Detrás del ayuntamiento se encuentra la Villa Vieja, a cuya plaza se accede por un pasadizo. Como Bembibre no es un pueblo de monumentos rotundos, hay que granjearse su encanto recorriendo las callejas de su barrio alto, reposando en los recintos vegetales de la plaza de don Quijote o del parque de Gil y Carrasco, ojeando la arquitectura melancólica de la calle de la Estación, el paso del Boeza o la gracia mestiza de Socuello.

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