Diario de León
Publicado por
miguel á. varela
León

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Ya sabes: esa angustia de intentar agarrar las imágenes del sueño antes de que el repentino despertar las desvanezca en el disco duro de la conciencia. Aquel fue tan intenso que tomó notas dormido. Y el resultado de los apuntes era un guión confuso, como el borrador para un proyecto que nunca se fuera a llevar a cabo.

Había mucha gente en una plaza más bien fea. Una de esas plazas del desarrollismo de los setenta, rodeada de edificios impersonales, cada uno de distinto padre. Una fuente en el centro. Una fuente del desarrollismo de los noventa. «¡No es aquí!, gritaba alguien. ¡Estas cosas se hacen en la plaza del Ayuntamiento!». Nadie parecía oírle, salvo aquel policía que le decía a su mujer por el walkie que le guardara la tortilla en el horno, que iba a llegar un poco tarde a cenar.

Había banderas tricolores de muchos tamaños, pero ninguna idéntica: un escudo sin corona, una estrella roja en el centro... Aquella llevaba la silueta negra del toro y la de más allá no sabes si un círculo de estrellas o una paloma multicolor, de las que dibujaba Alberti cuando ya era un viejo comunista que tomaba café con el rey.

Había un debate en círculo. Casi todos eran jóvenes, fumaban tabaco liado y sonreían como sonríen los que ignoran que nadie regresa vivo al país de su infancia. Hablaban de la capacidad de decidir, de la necesidad de ser consultados. Querían un jefe de estado seleccionado en las urnas, no en una competición de espermatozoides.

Habló una mujer de mediana edad. Dijo que la elección del jefe del estado no garantizaba la calidad democrática. Citó a Guinea y a China y luego a Gran Bretaña y a Suecia. Otro propuso la desaparición de la figura del jefe del estado y este habló de Estados Unidos y de México.

Entonces habló un hombre mayor que se parecía a Tadeusz Kantor y contó una historia que había leído en alguna parte. Fue en los tiempos de los dos bloques, cuando a un alemán del Este lo envían «voluntariamente» a trabajar a Siberia. Consciente de que los censores leerían su correo, quedó de acuerdo con sus amigos en un código de comunicación. Si la carta iba escrita con tinta azul, lo que en ella se dijera sería cierto; si está escrita con tinta roja, sería falso. La primera carta estaba escrita en azul y decía: «Todo es maravilloso aquí. Las tiendas están repletas de buena comida. Los cines pasan buenas películas occidentales. Los apartamentos son grandes y lujosos. La única cosa que no se puede comprar es tinta roja».

Los jóvenes se fueron calle arriba y no escucharon el final de la historia. Iban buscando rimas nuevas para reclamaciones viejas. El hombre que se parecía a Tadeusz Kantor los vio ir. Empezó a tomar notas. Escribía con tinta azul.

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