Diario de León
Publicado por
Manuel Ángel Morales Escudero.
León

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Habría amado la libertad, creo yo, en cualquier época, pero en los tiempos en que vivimos me siento inclinado a adorarla». A. de Tocqueville.

Los resultados de las elecciones europeas no ofrecen género de dudas: existe en Europa un avance preocupante de los extremismos, un avance en el que ambos extremos, como la serpiente oriental que introduce en la boca su propia cola, se tocan. Desde Grecia hasta Francia, pasando por Alemania e incluso la siempre defensora de la libertad, Inglaterra, la tentación totalitaria avanza.

Como expresaba David Hume, es raro que una libertad, cualquiera que sea, se pierda de una vez. Antes de ello, el totalitarismo se va adueñando del lenguaje, de la vida pública, proscribe términos y lanza acusaciones sobre sus enemigos satanizándolos. Pocos podían creer que de la Alemania de Goethe, de la de Humboldt, la que inspiró el famoso ensayo On Liberty de John Stuart Mill, prosperaran fenómenos tan liberticidas como el nacionalsocialismo, pero así fue.

Los extremismos totalitarios tienen nuevas caras, se disfrazan de populismos, pues es difícil que una sociedad como la Europea, acostumbrada a la libertad, se deje seducir por fenómenos tan meridianamente totalitarios como el comunismo y el nazismo, florecidos ambos en el pasado siglo y denostados, no sin largos esfuerzos intelectuales en el caso del primero, a finales del siglo XX. El populismo se basa en la constatación de que los esfuerzos realizados por la sociedad, a pesar de haber sido muchos, no han dado el resultado apetecido. En épocas de crisis es conveniente buscar un culpable, lo que se llama un chivo expiatorio. Podría ser un grupo racial, religioso o ideológico pero el populismo siempre señalará a algún ente o colectivo que lleve la pesada carga, al que se pueda hostigar y sacrificar: para eso es el chivo, para expiar los pecados, para liberarse de culpa.

Esa sombra maligna pueden ser los mercados, la banca, el FMI y en el caso que nos ocupa, Europa. Es fácil aparecer en una tertulia y repetir un mantra que el populista sabe escucharán aquéllos que necesitan el chivo para expiar su desgracia. Cualquier respuesta nos valdrá excepto una, como dice Hayek, nuestra propia culpa. Pero fuera de Europa está la barbarie y en el caso del nuevo extremismo español, la barbarie del socialismo bolivariano: una mezcla de populismo, comunismo rancio, obsesión antiamericana, pobreza de ideas y falta de rigor intelectual. Una muestra de esos profesores de algunas universidades españolas que no han evolucionado nada desde aquella que describe Baroja en El árbol de la ciencia .

Es el extremismo ibérico de la mano de organizaciones asamblearias que ponen sus miras en conseguir para España un modelo a caballo entre Venezuela, Bolivia y Ecuador configurando un nuevo eje alrededor del que pivotaría un modelo de Estado en el que la Constitución del 78 sería «un papelito» y la secesión de Navarra, País Vasco, Cataluña y todas las regiones que se acojan «al derecho a decidir» de la mano de los «compañeros» de Bildu y Amaiur, algo deseable para luchar contra «el imperialismo» y el «capitalismo».

La estructura asamblearia de estos movimientos —una asamblea condenó a Sócrates a beber la cicuta—, sería un argumento que dotaría de cierta sacralidad todos los pasos de la nueva organización. Como si las asambleas no fueran falibles, como si la Historia no nos hubiera demostrado que hubo asambleas en la Rusia soviética, en la China de Mao, en la Cuba de Castro. Se trata sin embargo de organizaciones viejas porque viejas son sus ideas y todas ellas tienen en común mayor intervención del Estado, menor protagonismo del individuo. Se inventan un Volkgeist como un argumento para celebrar en su programa electoral la amenaza a la libertad de todos que supone la intervención estatalista a través del control de la propiedad, de las conciencias, de los patrimonios y de las ideas.

Europa tiene un acerbo común cuya base es la libertad. Una tradición que arranca desde Roma, estado que surge en contraposición al despotismo oriental, y que se refleja en todos los Tratados Europeos que ahora algunos quieren derogar. La libertad de conciencia es inseparable de la libertad económica, de tránsito, de circulación, de establecimiento. Los nuevos populistas bolivarianos creen que existen solo dos modos de entender la economía: la planificación y el laissez faire, al que identifican con lo que ellos llaman «el neoliberalismo capitalista». Tal afirmación es errónea. El profesor Hayek en Camino de servidumbre señala que hay una tercera vía, la economía sustentada en una regulación racional que permita la libertad económica, que al fin y al cabo, es la libertad individual. Pero la economía planificada que los bolivarianos proponen en su programa para las europeas es un camino al desastre económico o aún peor, es un camino cuya meta es el totalitarismo.

Es necesario reconocer el peligro a tiempo, como el capitán Ahab de Melville que coloca a sus vigías para que den cuenta rápidamente cuando avisten al monstruo, a la ballena blanca. Si reconocemos el peligro a tiempo podremos combatirlo, conjurarlo, o, por lo menos, albergar la esperanza de hacerlo. Sería poco honesto intelectualmente acobardarse por la verborrea de un matón intelectual en una tertulia.

Decía Lord Acton que «pocos descubrimientos son tan exasperantes como los que revelan la genealogía de las ideas». Sé que es duro examinar las ideas a la pura luz de la razón y darse cuenta de que esas ideas, aquellas en que honradamente uno ha creído y confiado, le conducen a un camino oscuro, a un precipicio. A todos los europeos a los que el populismo ha seducido les va a resultar difícil despertar, juzgarse, dejar de buscar culpables. Es difícil pero necesario si no queremos caer en lo que otras naciones han caído y que viven instaladas en el caos del «expropienme eso» chavista. Como señaló el gran Hayek: «El principio rector que afirma no existir otra política realmente progresista que la fundada en la libertad del individuo sigue siendo hoy tan verdadero como lo fue en el siglo XIX».

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