LEÓN EN VERSO
Pitágoras
A lo mejor porque el antídoto más efectivo contra el abuso público es un pueblo culto, se entiende el ocaso al que se somete a la educación pública. Cualquier mortal camino del medio siglo de vida puede presentarse como testigo ocular por haber visto en la tele a cinco papas, cuatro presidentes del gobierno elegidos de forma democrática, cinco copas de Europa en color y sufrir siete leyes orgánicas de educación. Y no queda ahí el ensayo. Viene la octava en camino, con el mismo preámbulo que anunció a las anteriores, como en la caja de bombones de la madre de Forrest Gump; cuando se abran en septiembre, se sabrá lo que va a tocar. Atentas las familias, que al cheque al portador y el contrato en blanco para saldar la cuenta de los libros deben añadir desde ahora las cuitas por el debut del escolar en primaria, el paso a primero, tercero o quinto de ese ciclo; como para desear feliz verano si al regreso espera otro estreno educativo en cartelera, que vuelve a convertir a los niños en conejillos de indias y en ratones de laboratorio. No acabamos de digerir la EGB, aquella que nos mandó a Europa con un déficit cavernario en aprendizaje en idiomas, (aquí se debe añadir como anécdota sonrojante la primera vez que pedías en Londres una cerveza y no sabían si buscabas ternera, un pájaro o un oso) y andamos con el pavoneo de igualar León con Finlandia a costa de la excelencia que arrojan los test del informe Pisa. Apenas hace quince días volvieron a medir el ego de las autoridades educativas en la resolución de los alumnos y alumnas leoneses de cuarto de primaria; ya veremos que algún político no tarda en aprovechar la brillantez del escolar ante las matemáticas para sacar pecho y zamparse un titular presuntuoso. Y en medio, entre lodes, lopeg, loces, loes y loeces no ha habido resquicio para encontrar una línea que devuelva los códigos de relación y respeto que se deben entre iguales en la generación más tierna de la sociedad. No se puede calcular ya el nivel de violencia física y verbal que alimenta un sistema en el que la incidencia más corriente en las aulas se llama matoneo. A lo mejor, entre contenidos curriculares y quítame allá los dogmas que compiten entre ciudadanía, conocimiento del medio y religión se saltaron el trámite para armar vínculos pacíficos. Se pasa por alto que educar hoy al niño evita castigar mañana al adulto. Lo dijo Pitágoras de Samos, quinientos años antes de Cristo.