PANORAMA
Populismo y tele
Desde el arranque de la gran crisis económica, que se debió a los excesos del sistema financiero internacional, los gestores institucionales europeos olvidaron por completo que su primera obligación era honrar su palabra y prestar servicio a los electores que los habían elegido, y aceptaron insidiosas políticas de austeridad que han causado mucho dolor: millones de trabajadores se encuentran en situación de desempleo de larga duración con el consiguiente quebranto de sus familias, los jóvenes se han quedado sin expectativas y muchos de ellos son actualmente explotados, sectores sociales de especial vulnerabilidad se han visto sometidos a inhumanos recortes que debilitan aún más su calidad de vida. Y todo ello ha ocurrido, en el caso español, mientras salía a la luz el más ominoso conjunto de casos de corrupción política e institucional de toda la etapa democrática, que ha alcanzado a las principales instituciones casi sin excepción, sin que se haya visto en los actores públicos la exigible diligencia en la asunción y depuración de responsabilidades, ni el ánimo de enmienda, ni la voluntad firme de erradicar esta lacra del cuerpo social. ¿Cómo no van a estar indignados nuestros jóvenes si les hemos entregado un país en descomposición moral e incapaz de otorgarles la instalación vital a que tienen derecho? ¿Cómo podía impedirse que la ciudadanía estallase de irritación cuando veía que regalábamos a los bancos cantidades de recursos públicos difíciles de imaginar físicamente mientras expulsábamos a familias enteras de su casa al arroyo por no haber podido pagar unos créditos leoninos que estaban fuera de toda razón? ¿Podíamos haber esperado todavía más paciencia y comprensión de esa juventud a la que hemos dejado al margen, prácticamente sin posibilidad de desarrollar una vida profesional digna pese a su excelente preparación? Ésta es, en fin, la causa directa del populismo en auge, que ha pescado en río revuelto. Pero después de esta identificación, tenemos que añadir acto seguido que la cristalización de este descontento masivo y profundo en opciones concretas al margen del sistema la tiene un sistema mediático que ha convertido la disidencia en espectáculo y que, en vez de ofrecer a los espectadores un relato cabal de la realidad, en el marco del sistema democrático, ha preferido prescindir del discurso poder-oposición y dedicar toda su atención al alarido. En lugar de ejercer la crítica del sistema, las televisiones privadas han preferido ser el escaparate de los antisistema, no por afinidad sino por pobres razones de audiencia.
Sin ver la paradoja de que si llegaran a gobernar esos protegidos suyos, lo primero que harían sería nacionalizar esas cadenas privadas, hacia las que ni siquiera disimulan su profunda animadversión. La empresa privada tiene también que ejercer y desempeñar una cierta ciudadanía. Pero en este caso, el duopolio ha prestado un flaco favor al interés general.