Diario de León

SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS por ARTURO PEREIRA

‘Junshi’ o el sentido del deber

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Junshi, junshi! Fue lo que le dije a mi mujer mientras sostenía en la mano la edición extra del periódico donde acababa de leer la nota del suicidio dejada por el general Nogi». Esta cita textual está recogida de la obra La familia Abe del autor japonés Mori Ogai. Describe como a comienzos del siglo XX, en 1912, el general Nogi practicó el ritual del «Junshi» consistente en una autoinmolación del guerrero cuando su señor ha muerto, ofreciendo así, con el sacrificio de su vida, prueba de suprema lealtad.

Evidentemente el párrafo anterior merece una explicación. El «Junshi» realizado por el general Nogi Maresuke consistió en un haraquiri. Según la costumbre de los samuráis al realizar este acto extremo debían dejar escrita una carta explicando las razones que le llevaron a ello. En el caso de Nogi afirmó que habiendo durante largo tiempo deseado expiar el error de perder la bandera de su regimiento en una batalla sucedida años atrás, seguía a la tumba a su señor rajándose el vientre a la vieja usanza samurái.

Su señor era ni más ni menos que el emperador Meiji. Con su muerte concluía una época de más de cuarenta años en el que se ponía fin al régimen feudal japonés y se introdujo a Japón por la fuerza en la modernidad de los países occidentales. La constitución de 1868 estableció que Japón pretendía dejar atrás las prácticas oscurantistas como el «Junshi» y se decretó la desaparición de la casta de los samuráis. En definitiva, Japón pasó en pocos años de un país gobernado bajo un régimen feudal a un país moderno al menos en cuanto a la técnica y desarrollo económico bajo una nueva organización social.

No fue una transformación fácil porque fue impuesta desde el poder del emperador y supuso una ruptura de siglos con la tradición, valores y ética que el pueblo japonés llevaba en sus genes. Japón alcanzó el conocimiento occidental que chocó con su forma secular de entender la vida. Este choque provocó grandes conflictos en la intelectualidad japonesa quienes formados en occidente apreciaron un vacío existencial al romper con el pasado. Por esto Ogai, recoge el impacto que provocó el general con su rescate de algo proscrito pero que para él representaba la mayor prueba de fidelidad que podía demostrar a su emperador. Hizo lo que consideró su deber.

No soy quién para juzgar la determinación del general Nogi. No conozco en profundidad los valores y ética de los samuráis. No apruebo el suicidio por definición, supone una vida perdida, algo único pero que no admite crítica ajena, básicamente porque falta legitimidad para hacerlo. Lo que me interesa de esta historia es que alguien hizo lo que consideraba su deber y que lo hizo en un momento de crisis de los valores que inspiraban toda su vida en un entorno social que se le revelaba adverso.

El sentido del deber es un valor, no cabe duda de ello, las referencias a él se encuentran a lo largo de toda la historia de la filosofía, Marco Aurelio afirmaba: «Yo hago lo que es mi deber. Lo demás no me atrae, pues es inerte, irracional, descarriado, y desconoce el camino».

Los momentos actuales son momentos de crisis, económica, pero ya muchos piensan que este no es el principal aspecto de la crisis, sino que lo realmente preocupante de la misma es la crisis de valores. Entre estos, el cumplimiento del deber. Cuando no hay dinero para retribuir los esfuerzos, las ilusiones puestas en nuestras acciones, parece como si perdiéramos iniciativa, ganas de hacer y nos refugiáramos en nosotros mismos bajo el amparo de una burbuja de crítica y resentimiento. Supongo que es humano, de acuerdo a nuestra naturaleza. Son muchos años inoculándonos que el éxito se mide en parámetros dinerarios. Tanto tienes, tanto vales.

Frases como «satisfacción por el deber cumplido» apenas se escuchan. Sí recuerdo a nuestros padres y abuelos decir: «hay que cumplir» como sinónimo de que hay que hacer aquello que se debe hacer. Para ellos, las circunstancias que les tocó vivir no fueron mejores que las actuales, incluso muchos pasaron hambre y no disfrutaron de una infancia simplemente porque no había sitio para ella en tanta pobreza.

Las penurias no son buenas consejeras de la honestidad e integridad. Hoy ante circunstancias adversas lo más fácil es lamentarnos. Frente a esta actitud, muchos, yo diría que la inmensa mayoría de españoles siguen conservando el sentido del deber como herencia de sus antepasados. Un sentido del deber que les lleva a emplear horas y horas en su trabajo sin esperar contraprestación alguna. Hablo de obreros, empresarios y funcionarios de todos los sectores que nos podamos imaginar. Médicos que atienden a sus pacientes hasta las cinco de la tarde cuando su jornada laboral termina a las tres para que ninguno quede sin ser visto y doy fe de ello. Otros, no conocen horario porque siempre están dispuestos a servir a los demás aunque su jornada laboral se limite a ocho horas diarias. No piden nada a cambio. De estos también doy fe porque tengo el privilegio de trabajar con ellos.

Podría citar muchos más casos, pero no hay lugar para más. Solamente decir que esta forma de entender la vida y el trabajo presididos por el sentido del deber, son los que vertebran nuestra sociedad en unos momentos tan difíciles y hacen concebir esperanzas sobre nuestro futuro. Ya se sabe, el español es muy sufrido.

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