EL MIRADOR
Apuntarse a la abdicación
Desde esa cercana mañana del 2 de junio con el anuncio de la abdicación de don Juan Carlos I un torbellino de acontecimientos ha tenido a este país intentando captar del significado de cada movimiento en Zarzuela, las Cortes y la calle. Descifrar si la noticia era buena o mala, si le afectaría o no en la vida diaria, si era un momento histórico y había que guardar las portadas de los diarios para enseñar a los nietos o estábamos en vísperas de una emoción transicional como aquella de Suárez, Torcuato y el príncipe. Por si acaso, en medio de la borrasca histórica, el personal ha corrido a situarse. Había como una urgencia de fichar por monárquicos o republicanos aunque durante décadas ese problema había preocupado más bien poco a la ciudadanía atareada en las cosas de comer. Eso sí, los ‘juancarlistas’ se evaporaron rápido quizás por miedo a prescribir políticamente con el cesante.
Hemos visto también a grupos variopintos que se han apuntado el tanto de haber forzado la abdicación del rey. En esta nómina escuchamos el susurro de los tradicionales defensores de la corona que presumen (no lo comentes) de haber alertado al rey del peligro de descarrilamiento de la institución hasta que la Zarzuela escuchó sus augurios de Casandra. Según este relato gracias a ellos, don Juan Carlos tomó la decisión correcta.
Nadie les pondrá medallas, pero ellos ya se han colgado alguna. Aparecieron también en estas horas convulsas otros oportunistas que las cazan al vuelo y establecieron una relación directa entre el final de los 39 años de reinado y el resultado de las elecciones europeas.
El rey se iba por la eclosión de un voto radical con programa caribeño y jubilación a los sesenta . Por su lado, los socialistas ‘del Antiguo Testamento’ aseguraban en Currito que la dimisión de Rubalcaba había sido la última ratio de la decisión borbónica.
Este país multicolor no tiene arreglo. Ya fueron legión en los albores de la democracia los que decían que el rey era un pelele manejado por Franco; que sería el monarca más breve de la historia, que era la garantía de la continuidad del régimen. ¡Profetas! Pero me ha llamado profundamente la atención la última estrategia de los que se creen con la misión histórica de cargarse la Monarquía por razones de ese ‘alma republicana’ cuyos arcanos nadie conoce. Como Felipe VI no tiene un flanco débil para hacerle una campaña de desprestigio les ha dado por nombrarle conseguidor universal. Y si fracasa, pues habrá que prescindir porque no sirve para nada y sale muy caro. Le han escrito una carta donde dicen que a la mayor brevedad posible tendrá que resolver el problema del nacionalismo catalán, el paro, la regeneración democrática, en fin, la crisis económica, moral e institucional donde sindicatos, partidos, financieros y demás fuerzas vivas se han estrellado. ¡Qué país!