Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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La otra tarde me crucé con una zombi. A su petición de «¿tienes fuego?» me limite a contestar «lo siento, no fumo». Puro civismo. En ese momento no sonó más alta la banda sonora, ese recurso facilón de las malas películas de terror. Era una joven que se dirigía a no sé que actividad del programa de fiestas, disfrazada de zampadora de casquería humana. Ah, cómo ha cambiado nuestra sociedad, hace unos años hubiese sido impensable que una muerta viviente tutease a un desconocido. El usted no se perdía ni durante el mordisco. En cambio, en ningún momento me plantee que tuviese intención de hacerse conmigo un carpaccio. Está ya uno curado de espantos. La crisis ha llevado a que ya nos asusten otros monstruos. Antes de la gran debacle del sistema económico te cruzabas en Padre Isla con un licántropo y enseguida, nada más llegar a la oficina, pedías el traslado a otra provincia, aunque fuese perdiendo antigüedad. Hoy te topas con un grupo de ciudadanos que huyen gritando «¡ya llega, ya llega!»y piensas «¿pero el mitin de Pablo Iglesias no era mañana?». Antes, el horror te lo producía el adivinador Rappel con su posado veraniego en tanga, hoy por menos de un recibo de la luz a nadie se le ponen los pelos de punta. Somos una sociedad asustada, con nuevos miedos tan viejos como el mundo.

Nuestra sociedad fue forjándose alrededor de historias de bosques sombríos contadas alrededor de una lumbre, y a la que el cine fue convirtiendo en hoguera global. A todos nos alivió exclamar tras ver El exorcista : «¡Uf, menos mal que la niña esa no vive aquí!». En cambio, los sustos de la vida real te provocan pesadillas despierto, que son las peores. A mí me dijeron el otro día qué preboste de la derecha sopesaba presentarse a las futuras municipales y se me erizó el vello.

Ah, cómo ha cambiado todo. Te pide en la calle fuego una zombi y ya no se te acelera el pulso. Es más, cuando llegué a casa ni siquiera lo consideré digno de mención. Nuestros miedos cambian, pero hay una verdad que permanece inalterable, anterior a aquella lumbre ancestral, a la hoguera que la sustituyó, incluso al big bang: el amor sigue siendo, en sus múltiples pieles, el único final feliz. Y la única salida del bosque sombrío.

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