TRIBUNA
El enterrador de empresas
El liquidador o enterrador de empresas es una figura que por parecida al estafador no se estudie en el limbo de la teoría empresarial de las escuelas de negocios. Pero existe.
Si en un grupo de empresas una de sus unidades, tras pérdidas recurrentes y una vez reducido su capital social, se encontrara en quiebra técnica, si bien su principal acreedor es la matriz, y, en la hipótesis de que perteneciendo al sector químico, su cierre pusiese al borde del precipicio al holding debido al coste de desmantelar sus instalaciones industriales y sanear el suelo por imperativo legal, una salida es buscar tal tipo profesional al que se le venderá al precio simbólico de un euro, condonándose la deuda hasta la cuantía que restablezca el equilibrio patrimonial de esa, lo que se compensará en parte con reducción de impuestos, dejando el resto del débito en balance como futuro cobro si sacase a flote el negocio.
Su cometido será mantener la actividad, al menos, tres-cuatro años a fin de salvaguardar de responsabilidad al anterior propietario, por lo que, además, reciba una comisión. En este sentido actúa como un comisionista sin intención de invertir un céntimo propio.
Para ello financiará la operativa con los ingresos por ventas y otras fuentes como subvenciones y, lo que no se cubra, primero retrasando pagos, luego abonando solo algunas partidas, a continuación con la búsqueda de nuevos proveedores que sustituyan a los que lo dejan, impago sistemático a las administraciones cuya deuda no implique concurso necesario de acreedores y, por último, con los salarios comenzando por las pagas extraordinarias dado que sicológicamente el trabajador no las considera sueldo estrictamente.
El enterrador seleccionado, además de experiencia, contará con un complejo entramado societario y utilizará compañías superpuestas para diluir culpabilidades, preferiblemente sociedades de responsabilidad limitada sin actividad, adquiridas a titulares que antepondrán vender que liquidar y desconectadas en el tiempo y geográficamente. Acostumbra matar dos pájaros de un tiro y, así, esa red empresarial le sirve, también, como escaparate económico.
Acompañará su desembarco con un argumento simple de salvación basado en alguna debilidad percibida.
Propondrá, por ejemplo, reducir los elevados costes energéticos con una cogeneración aunque no tenga, en absoluto, capacidad de ejecutarla y, algo fundamental, hará ostentación de su riqueza, las mismas falacias, a otro nivel, del timador y del estafador callejero. Evitará prejuicios negativos que lo relacionen con la gestión de la anterior propiedad, incluso simularán desavenencias que acaban siempre en conciliación.
Entre sus actuaciones, es prioritario hacerse con el respaldo del Comité de Empresa sin el cual sus posibilidades de éxito serían nulas, y, dentro de ese, el de su presidente y los cabecillas sindicales. Si esos representantes de los trabajadores defienden públicamente su gestión, cualquier proveedor, especialmente los pequeños y regionales, confiarán en el cobro de sus deudas mientras puedan resistir. Una vez conseguida su colaboración pública delegará ahí prácticamente las relaciones laborales incrementando el compromiso de aquellos con la propiedad y servirán de vía de acceso a las administraciones públicas.
A la organización existente sobrepondrá una estructura organizativa muy simple y orientada a sus verdaderos objetivos. Además del comité para el manejo del personal, blindará específicamente la relación con proveedores y la información contable e incorporará una función de ventas de proyectos a las instituciones y un departamento jurídico para dilatar las demandas de acreedores y proveedores. Los puestos de confianza no irán más allá del chofer y una secretaria personal.
En tanto se hace auto-propaganda pública, enmudece a los trabajadores de cara al exterior, verbigracia exigiéndoles un compromiso por escrito e individual de confidencialidad que, aunque innecesario, los abduce a no airear nada de lo que ocurra internamente y no presentará cuentas anuales para su publicación. Como excelente oportunista los proyectos que se le planteen los asumirá como estratégicos vendiéndolos a los cuatro vientos, trabajadores, proveedores, administraciones y población, pero nunca realizará la inversión, con la que deberá correr el dueño del proyecto, convirtiéndose mas bien en un arrendador.
De hecho, como la deuda crecerá rápidamente al principio hasta que los acreedores se dan cuenta del engaño, la empresa, sin tardar, será invendible por devenir de nuevo en quiebra e intentará alargar el imposible ocupando las instalaciones con el dinero de esos posibles inversores.
De tal forma el enterrador es un enredador. Una vez caen en sus manos, el inversor no podrá publicar lo mal que ha analizado ni la Administración que ha subvencionado y no ha controlado ni los sindicatos que se han callado ni los trabajadores que, a sabiendas, a cargo de otros acreedores han cobrado ni el proveedor que, aun sin pagarle, le ha suministrado.
Su éxito será más fácil si la compañía es de renombre, ya que facilitará la complacencia de los políticos y la confianza de los acreedores, y cuando el país dispone de una legislación permisiva, el sindicalismo no denuncia penalmente la quiebra fraudulenta y con trabajadores mentalmente devastados y atrapados en el infierno que, aun en el, creen en el diablo.
Cuando se quieran dar cuenta, el causante de esos fraudes, sin pagar y sin penar, se habrá esfumado.