TRIBUNA
Los nombres desorientados
Una cultura tradicional y campesina queda atrás y toda una vida informada por ella ha concluido. Al abandono del campo siguió la despoblación: ahora es tiempo de olvido. La lejanía de ese mundo propicia los errores y descuidos al reproducir en libros y otros papeles más volanderos los topónimos antiguos de su espacio. Ya señalé una vez en esta tribuna el cambio en Llamas de Cabrera de un incomprensible Lleiroso por el mucho mejor sonante Valle Airoso, fruto, sin embargo, de una interpretación gratuita y pretenciosa, finalmente inaceptable. Pero lo peor ya no es el yerro mismo, disculpable, al fin, sino la reiteración; (como le pasó a aquel mandatario luso, que, cuando le anunciaron al embajador español, de apellido Porras y Porras —término malsonante en portugués— exclamó: «No, si lo que más me fastidia es la insistencia»). No se explica semejante contumacia, si no es por pura desidia o tal vez por una cierta actitud de superioridad. Desechemos, como si fuera el mismo demonio tentador, el recurso fácil de atraer las denominaciones oídas en el lugar a un campo de significado a nuestro alcance, mediando un acomodo fonético (recordemos nuestro caso: Lle-iroso-Valle-Airoso). Bastará tan solo incluso con sugerirlo para que el hablante cabreirés se cohíba y rápidamente trate de adaptarse a nosotros con un habla más «política» (que quiere decir rebuscada o incluso, dicho a la altiva moderna moda y redundando, «políticamente correcta»). Puede asimismo suceder que ese hablante se disculpe, aduciendo que ya se sabe que entre ellos hablan mal, una «especie de gallego». Es obvio que confunde el mal hablar con su propio hablar tradicional, fuertemente dialectizado, que tiene que ver con el gallego porque las dos lenguas comparten origen, pero no son la misma.
Y luego están los errores clamorosos en las localizaciones. En el alto de Peña Aguda, puerto que da paso desde Corporales en la Cabrera Alta a territorio de Castrillo de Cabrera en la Baja, hubo durante años una señal indicadora de uno de los canales que llevaban el agua a las Médulas. El rótulo no era ningún prodigio de claridad y la mención de las Médulas sirvió para propiciar el despropósito de que una etapa de la vuelta ciclista a León anunciara su paso por el Alto de las Médulas. Unos años antes, en 1993 la Diputación publicó un libro de gran formato, donde el pie de una foto —espléndida, por cierto, que ofrece un panorama soberbio del municipio de Castrillo de Cabrera—, rotula ese mismo puerto como Carbajal; (en ese mismo libro se afirma, citando El Señor de Bembibre, que los cabreireses eran «la fuerza de choque» de los templarios, se sobreentiende que contra el conde de Lemos; la novela dice lo contrario, vasallos como eran del conde). Y ahora mismo, y desde hace unos quince años, hay dos señales en la carretera Castrocontrigo–La Baña con la misma leyenda: Sierra Cabrera. Están situadas cada una en un flanco del puerto que separa en ese punto la Cabrera Alta de la Baja, por el este (a continuación de Iruela) y por el oeste (pasado Quintanilla de Losada). Esas señales anuncian la proximidad de esa desconocida sierra, donde en realidad está el Puerto del Carbajal, como siempre se ha llamado. He aquí en fin otro ejemplo de fuera de ese ámbito: la contraportada de un libro famoso sobre Manuel Girón, La agonía del león, situaba a Cabrera en el noroeste de la provincia, frente al suroeste donde en verdad está.
Los errores así difundidos no serán monumentales, pero a cambio pueden causar en el visitante el desquiciado asombro de no estar donde creía o encontrarse de pronto donde no esperaba estar. Y ello en fin puede asimismo contribuir a engordar el equipaje apretado de tópicos de una Cabrera más leída y hasta «oída» que sencillamente vista. Desde hace ya cerca de cien años, cuando se publicó Entre brumas , la novelita del maestro astorgano José Aragón Escacena, Cabrera limita por todos sus lados con la literatura: la grande, ante todo, representada en ese primer libro más bien modesto y con mayor brillantez en otros puntos de esa frontera, donde después aparecieron Donde las Hurdes se llaman Cabrera y Antonio B. el Rojo (exactamente el Ruso, que es como lo llamaban en su pueblo, La Baña), pero también la plasmada con prosa más convencional en los varios estudios socio-antropológicos y geográficos y finalmente la administrativa de los informes técnicos, desde aquel primero del año 1932 a cargo del Congreso de los Diputados, hasta el ministerial y último del año 81, con dos de la Diputación en medio, del 65 y el 80. Nunca será tarde para que organismos, entes y viajeros contribuyan un poco a aliviar la presión en esas fronteras del olvido, la desidia y los tópicos inertes.