TRIBUNA
Ruinas de piedras sacras

Aun servidor le conmueven las ermitas y humilladeros, esos pequeños santuarios que materializaban la vida espiritual y religiosa del mundo rural. El número de estos establecimientos sacros es abundantísimo en todas las comarcas leonesas, pero en su mayor parte semiderruidos, cuando no desaparecidos. Fueron levantados con modestos sillares hoy abandonados, expoliados o saqueados. Lo que de ellos todavía subsiste con algún decoro es gracias a alguna hacendera de Promonumenta. Toda ruina es un llamamiento a la memoria, recordatorio de un mundo semiborrado del paisaje. No hay lugar, aldea o villa que no tenga o haya tenido su ermita. Salvo las que fueron edificadas por integrantes de una cofradía o mandadas construir por personas linajudas con la pretensión de así mejor ganar el cielo, la gran mayoría de estos santuarios debe su levantamiento a devociones de los vecinos después de haber tratado el asunto en concejo público. El pueblo quería tener el Santo o la Santa de su devoción en una estancia digna en donde con más comodidad los devotos pudieran rendirles culto y vivir momentos de hermosa convivencia entre vecinos y forasteros el día de la fiesta. El pueblo las levantaba, además, como muro protector contra las irrupciones de los cuatro jinetes del Apocalípsis. El abandono y desplome de las piedras parece haber discurrido en proporción directa a un mundo cada vez más descristianizado. ¿A quién pertenecen estos santuarios ahora vacíos y silenciosos? ¿Y de quién son las imágenes, altares, tronos, artesonados, cuadros, frescos, etc. que allí se encontraban? Hago estas preguntas porque, con la reforma unificadora del obispo de León Cayetano Antonio Cuadrillero a finales del XVIII y la irrupción brutal del brazo secular en las desamortizaciones del XIX, no es de extrañar el precario estado de estas casas. A la incuria y consecuente destrucción se añade el hurto a la propiedad común. La Ley Hipotecaria en 1998 del Gobierno de José María Aznar, por la que muchas curias diocesanas se pueden hacer con los títulos de propiedad de lugares de culto que no estaban registrados, bórrase completamente la herencia de quien los levantó. Una ofensa contra la denodada y sufrida población campesina que, movida por su fervor religioso, puso todo su entusiasmo, pasión e ilusión en construirlos.
Es momento de poner algunos ejemplos. En este mismo periódico se ha dicho que es muy probable, si el Obispado de Astorga y la Junta de Castilla y León no lo remedian, que la cúpula de la ermita de San José de Requejo de Cepeda se derrumbe definitivamente en el próximo invierno que venga lluvioso. El total desmoronamiento de la iglesia abandonada de Manzanedo de Valdueza ha sufrido una tregua gracias a las labores de consolidación y limpieza efectuadas hace unas semanas por Promonumenta. Del Obispado de Astorga cediendo el edificio, y el Ayuntamiento de Ponferrada llevando a cabo la reconstrucción, depende el ser o no ser de este monumento. En la comarca de Las Omañas, tal y como relata Julio Álvarez Rubio, la ermita de La Magdalena clama una pronta restauración y dejar así de dar albergue a caballos y vacas. Gracias al exclusivo empeño de los vecinos, surge la rareza de devolver a estos templos su antiguo esplendor. Así ha ocurrido recientemente con la ermita de San Fabián y San Sebastián, de Tedejo (Folgoso de la Ribera). En Requejo de Omaña se halla la ermita dedicada a Nuestra Señora de la Portería, en la que aún se conserva, labrada en la clave del arco de la puerta principal, la figura de una enigmática mujer con los brazos levantados, que Cadenas Allende relaciona con escudos de armas de la alcurnia de los Flórez; y David Gustavo López, en un inédito y sugestivo estudio, con el Santo Grial.
Pero quisiera centrarme singularmente en un trabajo muy reciente escrito por un competente profesor, historiador y etnógrafo, Ramón Gutiérrez Álvarez, sobre la ermita y hospital de Santa Catalina en tierra de Almanza, condensado en un libro con el mismo título. Con acendrado sentido pedagógico, el autor no se limita a ser el estudioso que centra su estudio en los aspectos histórico, arquitectónico y artístico de este singular edificio, sino el humanista que incide en el contexto cultural, social y didáctico, recuperando con ello costumbres y tradiciones. Extrae en su pesquisa, que la ermita de Santa Catalina es de las ermitas propulsadas por una cofradía con fines asistenciales y benéficos, tras de cuyos muros «muchas personas hallaron calor, comida y remedio a sus necesidades; algunos, los últimos auxilios y un entierro digno». Fue edificada de nueva planta entre los años 1548 y 1549, dirigiendo las obras un maestro arquitecto portugués cuyo nombre se desconoce. Disponía de un edificio anexo destinado a hospicio de pobres. Su decadencia comienza ya en el siglo XVIII. La virtud estratégica del emplazamiento la demuestra el autor por distintos motivos. Se ubicó junto a la vía romana secundaria del río Cea e indicios de una calzada romana directa de León a Cansoles; a la vez ruta secundaria del Camino de Santiago; y en el camino real que servía de paso hacia los pastos de verano de los ganados trashumantes del monasterio de Sahún; y por último, fin de etapa y descanso de los carreteros, arrieros y trajineros en su desplazamiento desde Asturias a Tierra de Campos.
De la ermita de Santa Catalina apenas ya queda nada recuperable, como de tantas y tantas otras condenadas a ser fantasmas de sí mismas, cuya estampa actual podía ser la siguiente. A la vista del viajero, lo que se advierte y se cuenta es un rebaño de ovejas comisqueando unas hierbas junto a una pila de restos, casa antaño de ermitaños, hoy sin fervor y desnuda cual despojo de una guerra, con la campana ya muda y la espadaña por tierra. Un pastor y su mastín sentados bajo una higuera aguardan que el sol se hunda, mansamente, con la misma lentitud como al lado discurriera una pareja de bueyes tirando de vertedera.