Diario de León
Álvaro Caballero
León

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Hay días aquí en León ahora que se suceden las fiestas de los pueblos que si uno se despierta más tarde de las diez —que era para lo que hice yo una carrera, pero me salió mal— corre el riesgo de que se lo trague el túnel del tiempo. Una jornada cualquiera, pongamos hoy, el calendario aprieta la línea histórica para que a mediodía uno esquive a los templarios que queden en Peñalba de Santiago agarrados a la cruz de Ramiro II; a la hora de la siesta entretenga el lorenzo de julio por el circo romano de Astorga, ahora que Pepe el Relojero ha decidido entregar los laureles del César Josefus Orologius apremiado por el rey; y al atardecer, si no le han cazado los lobos que hacen soplar sin globo, se dé un paseo por el mercado medieval de Mansilla de las Mulas, que es el mismo de hace cuatro días en Hospital de Órbigo y el que vendrá a la capital en San Froilán, con los estandartes de patrón de Ikea y los paseos de los niños en burro a 3 euros. Si cuando vaya para casa le dan las buenas noches en un dialecto raro, no se extrañe, que he visto yo a compañeros de farra que, con el morro para arriba para que no se les arramen los cubalibres, son capapaces de hablar siete idiomas más que el papa, pero todos juntos.

La fiebre de las representaciones históricas, que nacieron como homenajes para conocer el pasado y se han convertido en copias estereotipadas en las que los alcaldes se visten de época para saciar vanidades y complejos sublimados, hace que algunos pueblos de la provincia se embalan durante estos meses en un Regreso al Futuro de mareo. Al margen de aquellos que cuentan con una tradición arraigada, como puede ser Astorga entre otros, se suben al Delorian con los retrovisores girados hacia arriba, como el que tenía mi amigo Karrete, una legión de aspirantes a engrosar una página de la historia que ni escribieron, ni pone nada más allá del precio que se cobra por el chato de vino en las tascas ambulantes, pero que ven una oportunidad para atraer turistas con el ajuar del baúl de los tatarabuelos; bien lícito es, aunque tampoco hace falta que se pongan a rastrear en las raíces para justificarlo, que lo del pan y circo lo dejó escrito Juvenal en el siglo I antes de Cristo.

Cualquier día me subo al caballo, como Godofredo en la película Los Visitantes no nacieron ayer, y escoltado por mi fiel vasallo Del Cojón, me lanzo al ataque con el grito de guerra en los labios: ¡Montjoie! ¡Saint-Denis! ¡Que me muera si flaqueo!

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