HOJAS DE CHOPO
El mundo es una fotografía
La deshumanización del arte tiene estas cosas, aunque el apoyo tecnológico nos ayude a vivir mejor y con nuevas perspectivas. Entre los avances espectaculares a los que asistimos en los últimos tiempos, la digitalización, que tanto ha tenido que ver en la historia de la fotografía y su universalización, hasta convertirla en elemento de total cercanía y comunicación. El poder de la imagen. Podemos afirmar que prácticamente en tiempo real, mediante un simple clic, cualquiera es capaz de enviar información al rincón más apartado del planeta. Al menos en teoría, que las dificultades, como siempre, llegan desde el umbral de las desigualdades.
El mundo está, por tanto, a tiro de clic. La facilidad la proporcionan esas cámaras, diminutas e inteligentes, que con tecnología casi siempre microscópica y multifuncional, nos permiten virguerías impensables no hace tanto. Esto, junto a cierta universalización del turismo entre los españoles, especialmente colectivo —«socializado» dicen desde las instancias del eufemismo más in—, ha afectado a los matices de hábitos, costumbres y comportamientos. Como no podía ser de otra forma, que no en vano cierto gregarismo forma parte de la condición humana, lo que no es ni bueno, ni malo, ni regular. Es. Simplemente.
No es extraño ver ya las colas del turismo entre nosotros. Esas colas que se inician en la puerta delantera del bus para ir cerrándose por la trasera. Y el guía, ordenado y metódico, advierte: «Cinco minutos para una fotografía japonesa». Disparadores que se suceden como latiguillos, empujones para colocarse en situación de privilegio y conseguir así el mejor ángulo de una fachada o un retablo que no se mira. Inmortalidad sucesiva de uno y otro ante la estatua de quien sea o del paisaje que sea. Y envío. Para que unos sepan que el personal está bien, gozando de tanta maravilla. O en algunos casos, para que otros se jodan. De envidia, claro, que las pautas sociales están llenas de matices. Vaya usted a saber cuántos.
El mundo es una fotografía. Claro. Pero empieza a ser también una cola, con la paciencia como pauta llevadera —tampoco es tan complicado el asunto— y la picaresca como estilo de raíces hispanas. La picaresca del listillo cuyo morro nadie se explica a la hora de estar en cabeza en la de las comidas, en la de los trámites de un aeropuerto, a la hora de hacer pipí por vía de urgencia o cuando sube al autobús en dirección contraria. Imagínese usted mil situaciones más y resolverá la casuística. Así nace en algunos el síndrome de la cola, que supone controlar al que va delante y detrás, respirar sobre el cogote del primero, y, como observatorio que es, provocar los chismes y diretes ajenos, a veces como el ojo de la ira que se esconde en uno de los rincones que nunca se ven. Y es que el mundo, además de una fotografía, es un pañuelo. Pequeño y de papel.