AL TRASLUZ
Tan viejo, tan nuevo
El liderazgo político está muy sobrevalorado. En los periódicos solemos llamar por extensión líder a cualquier dirigente de un partido, incluso a aquellos a quienes ya sólo en su sede tienen más frentes que la II Guerra Mundial. Pero ¿hay realmente líderes políticos? Más aún, ¿los necesitamos? Los partidos siguen empeñados en que existe algo así como un brebaje secreto para crearlos. Y no hay tal, por fortuna. Si la Historia tuviese reservada el derecho de admisión, admitámoslo, sus manuales tendrían muchas menos páginas. Gran parte de sus protagonistas se impusieron a golpe de intriga, traición y cuchillo (real o metafórico). Mejor que buscar líderes del ego, búsquense capacidades y conductas. Algunos confunden el anhelo de poder con vocación política. Pero servirse no es lo mismo que servir. Si unos días antes del 13 de marzo de 2012 nos hubiéramos cruzado en la calle Ancha con el ciudadano argentino Jorge Mario Bergoglio, posiblemente, nada nos hubiese llamado la atención en un turista que se dirigía a la Catedral. Y hoy es un hombre con capacidad de hacerse ver y escuchar en todo el mundo, pero no sólo por su rango. Lo suyo además de galones es capacidad y conducta. No se trata de cualidades tan extrañas, muchos alcalde de nuestros pueblos gobiernan así. Con la pequeña ayuda de la humildad.
¿Debemos considerar al alcalde de Valladolid un líder político porque los ciudadanos le votan más que a sus contrincantes? No lo es, ni aunque siga ganando elecciones. León de la Riva ha asegurado en una entrevista que le da «cierto reparo» entrar con determinadas personas en un ascensor, pues «hay una chica con ganas de buscarte las vueltas, se arranca el sujetador y sale dando gritos de que la han intentado agredir». Damos por hecho de que era plenamente consciente del revuelo que iba a armar. Pero ese conocimiento de los mecanismos de la provocación no es liderazgo, sino zorrería.
El otoño cazurro vendrá caliente. Altas temperaturas a destiempo, meros acaloramientos entre los propios interesados. La sociedad leonesa no necesita líderes políticos encantados de conocerse, sino capacidades y conductas. Algo tan viejo como el pasado ancestral. Y tan nuevo como el futuro que necesitamos.