Diario de León

CUERPO A TIERRA

Veintegenarios y adultescentes

Publicado por
antonio MANILLA
León

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Auno lo sacan del bar de barrio o de la cafetería céntrica con fondo de blues en que se ha convertido el Victoria y es como tratar de peinarle el pelo de la dehesa al ministro Vivir para Wert. No es que sea irreductible al peine u otros domadores capilares, es que ni me lo encuentran. Viene esto a cuento de lo mucho que ha cambiado el mundo y de lo poco que sale últimamente el menda. El gran Adriano Celentano tituló uno de sus discos de este siglo nuevo casi igual: «Salgo poco y hablo todavía menos». Adriano y yo somos unos misántropos convencidos y convenidos.

De esa leve y llevadera dolencia social, que no hace mal a nadie, procede el estupor que me producen ahora ciertos locales nocturnos. Cuando era joven y gregario, los pubs, nombre heredado de las tabernas inglesas por derivación de «public house», eran territorios definidos por unas estrictas reglas. En ellos se bebía, se bailaba y hasta se fumaba sin restricciones; la única ley inviolable era que aquellos templos tenían muy definida su clientela. La razón era la música que se pinchaba. Ella marcaba el derecho de admisión. Era impensable hallar en el mismo cesto patatas viejas mezcladas con patatas nuevas.

No sé si es por la etapa débil que está pasando la creación musical, que dicen que ya no hay bandas de rock cuyos componentes tengan menos de cuarenta años, o porque los pubs al fin se han convertido realmente en casas públicas, ahora existen antros donde en alegre convivencia comparten bailes y espacio veintegenarios y adultescentes, unos jóvenes muy viejos y unos adultos eternos como conservados en formol, rejuvenecidos por fuera, que hasta se hace difícil distinguirlos bajo la apagada luz de la fiebre del sábado noche.

La argamasa que une ese entramado intergeneracional es una música para cuya descripción yo carezco de adjetivos. Confieso que al oírla me quedé valorando entre pedir un agarrado con las letras repipiadas de los cantactuales lacrimosos de hoy y siempre, que era lo que sonaba, dudando entre una vejenzuela y una jovetusta, ambas en la flor de su imprecisa edad, o enchufarme en el iPod a uno de esos temas de los ochenta que le metían un saxo a una letra hosca y deliciosa como «Sadie el perdedor», de los Stukas. Qué habrá sido de ellos, recuerdo que pensé, borrándome de todo aquello.

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