FRANCAMENTE
Esclavos del hoy
Decía uno de los socios fundadores de una cooperativa vitivinícola del Bierzo que acaba de cumplir medio siglo de vida, que allá por los años sesenta las cosas estaban igual de jodidas que hoy en día. Que estaban esclavizados por un trabajo de sol a sol para que, al caer la tarde, el fruto de su sudor se lo llevaran «cuatro gallegos al precio que les diera la gana». Que por eso decidieron asociarse en una cooperativa para cambiar las cosas. Que del movimiento vino el cambio. Que la ilusión les impulsó a arriesgarse.
Cincuenta años más tarde estamos en la misma: no sabemos por dónde sacar la cabeza. Sin embargo, nos falta esa ilusión. Esas ganas de darle la vuelta a la tortilla como pregona algún programa de televisión. Y nos sobran enfrentamientos fratricidas. Estamos enfrascados en guerras intestinas que no conducen a ninguna parte. En cada sector, en cada palmo de terreno berciano hay corrientes y contracorrientes. Y así las cosas, con este escenario, se hace impensable que a día de hoy se pudiera volver a plantear una iniciativa como aquellas de hace medio siglo. De hecho, sólo hay que ver en qué acabó un planteamiento similar que barajó cierta asociación de personas sin empleo para concurrir, como cooperativa o sociedad, a algún concurso público de la administración de turno: en la nada más absoluta.
Nos gustan las cadenas. Preferimos fiarlo todo a que el próximo que venga cambie las cosas. Seguimos instalados en el que inventen ellos, en el nunca llovió que no parara o rindiéndonos al primero con coleta que diga lo que queremos escuchar. Sin embargo, la vuelta a esa tortilla se la tenemos que dar nosotros mismos. Por eso, y aunque parezca una frivolidad, en determinados aspectos prefiero la sociedad de entonces. En la que el enemigo no estaba entre tus propias filas. Estaba en frente, llamárase cachicán, cacique o ‘gallego’. Tiempos en los que la calle te enseñaba lo que es la vida, y que en nada se le parece a esas estupideces que se empeñan en vendernos como realidad virtual. Cuando la gente gozaba de una conversación ‘face to face’ y las manos se usaban para lo que fueron concebidas: para palmar (porque lo de ser una extensión de un móvil nos lo hemos inventado ahora).
Lo dicho, puestos a ser esclavos, mejor como antes: prefiero tener al tirano enfrente, y no llevarlo en el bolsillo de la chaqueta.