FRANCAMENTE
Niños grandes
La sonrisa de un niño no tiene precio. Es lo que solía decirse en los tiempos de ‘vino y rosas’ y ‘café para todos’ de la sociedad española. Ahora la cosa ha cambiado. Todo se ha vuelto más mezquino, hasta el punto de que la felicidad de un buen puñado de niños de lo que llamamos primer mundo —del resto ya ni se puede cuantificar con las medidas estándar— para las administraciones de turno, ronda los trece mil euros.
Ésta es la cifra en la que se han presupuestado las reparaciones del colegio Peñalba. Una cifra ‘inasumible’ para los ‘mandamases’ que han racaneado, —y no solo ahora, sino desde hace varios años—, para no acometer las obras de sustitución de esa calefacción. A ninguno de nosotros nos resultaría difícil encontrar el lugar de dónde podrían haber sacado esa ‘astronómica cantidad’, pero han preferido jugar a ser niños grandes y pasarse la pelota los unos a los otros, sin importarles en la situación en la que se encontraba ese grupo de pequeños y profesores, o la preocupación de sus padres por las condiciones en las que se encontraban las aulas.
Está claro que ésta no será la imagen que se llevarán los ‘tropecientosmil’ visitantes que nos van a invadir a partir de la próxima semana, pues para el tiempo que van a estar entre nosotros mejor no detenerse en minucias como la de conocer la realidad que se esconde tras las postales turísticas. Ni más ni menos que lo que hacemos nosotros cuando nos enfundamos las bermudas a cuadros y las playeras de loneta. Sin embargo, es nuestra realidad diaria. La de tener que ganarnos a dentelladas lo que en justicia nos corresponde. La del más esfuerzo por cada vez menos recompensa. La de que lo debería ser normal se convierta en inasumible. Pero ya lo decía Mínguez en su pregón de las fiestas de la semana pasada —aunque no con este mismo sentido—, que lo en otros sitios es etapa llana aquí se convierte en puerto de alta montaña. Solo espero que en esta ocasión, ninguno de los que han estado escurriendo el bulto durante años se deje caer por aquí para colgarse alguna medalla con las obras. Pues si estas se han hecho no es por ellos, sino a pesar de ellos. Y como siempre hay que sacar algo bueno, en este caso, a los niños chicos ya no habrá que explicarles lo que es la burocracia, pues ya la han experimentado en sus propias carnes. ¿Y las crisis? Esa lección más de uno la trae aprendida de casa.