Diario de León
Publicado por
javier tomé
León

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Qué le está pasando al mundo para que, una vez cumplidos los fastos veraniegos, el país se convierta en un semillero de actos atroces contra los animales que merecerían entrar por derecho propio en el gran libro de las bajezas humanas? Dentro de tan nauseabundo catálogo de agravios y ultrajes destacan, por su suprema villanía, el ahogamiento de novillos arrojados a ríos y mares, las vaquillas a quien se cortan las orejas aun estando vivas en cualquier festejo cutre de pueblo, los galgos ahorcados por senderos y veredas o los cientos de miles de perros y gatos abandonados al más triste de los destinos, poniendo de manifiesto la congénita barbarie hispana. Se le ponen a uno los campanarios de punta, por decirlo de algún modo, al comprobar que gentes aparentemente amables y normales se transforman a golpe de calor en asesinos despiadados, llevados por esa pasión mórbida tan característica de la tiñuela patria. A mí se me escapa, la verdad, el placer irracional que pueda encontrarse en torturar a un ser vivo.

A modo de guinda para tanta depravación, propia de un país zarrapastroso e inculto como el nuestro, ahí tenemos ese anacronismo medieval denominado «el toro de la Vega», estigma de orgullo para los vecinos de Tordesillas. Un lance absurdo que va más allá de lo soportable, pero auspiciado por políticos y otras yerbas que temen enfrentarse a las estólidas iras de la muchedumbre palurda y partidaria de enfangarse en la crueldad más abyecta. Le entran a uno repeluznos ante la imagen —marca España, dicen— que ofrecemos al mundo civilizado, pues el maltrato gratuito a los animales es síntoma indiscutible de un país fallido y de una sociedad absurda, deshumanizada hasta la estupidez psicopática. Tamaña miseria moral debe de terminar de una vez por todas, pues ofende a la razón. Vivan y dejen vivir, coño.

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