León

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Al final va a ser un ejército de cabras el que nos salve de que se nos meta el monte en casa. Ahora que se prologa el otoño con estas llantinas de media tarde que nos calan los pies, rabiosas y enfurecidas como se debe a la adolescencia de este verano que nadie ha sentido pasar, la Junta se acuerda de que para adecentar el comunal vale más un rebaño armado con la fuerza de sus dientes que una cohorte de asesores de esos de a 3.000 euros el mes de las que gustan rodearse los políticos. La idea parte de la Fundación para el Desarrollo Agropecuario, propone incluso recuperar antiguas instalaciones mineras como establos y habla de contar con una mano de pastores que fijen población, no se sabe todavía si por el mero asentamiento en el territorio o por la fuerza de los instintos que siempre se agazaparon en los zurrones. Una nueva fórmula con la que venden que se facilitará la prevención de incendios, mientras todavía siguen con el fuego en los pies por las quejas de las brigadas forestales a las que discriminan y mantienen dotadas con un equipamiento más que precario.

La vuelta a lo tradicional se sucede la semana en la que se abre la muestra sobre los Decreta. Una iniciativa de un valor incalculable en la que se reúnen los documentos en los que se asientan los acuerdos instaurados por Alfonso IX en aquellas cortes de San Isidoro en las que, por necesidad de dinero y porque no le levantara el trono su madrastra Urraca, aquella primavera de 1188 se invitó por primera vez en la historia a que se sentaran los representantes de las ciudades junto a la nobleza y el clero. Una exposición que casi no tiene ni cartel que la anuncie, pero que debería ser de visita obligatoria porque contiene el cuerpo argumental de la apuesta por asentar como factor de desarrollo turístico la marca Cuna del parlamentarismo; aquí, en León, donde todo el mundo sabe cuál es la cuna que le arrulló porque la mecen las mismas familias políticas y empresariales desde hace décadas. Ahí se puede ver la carta de derechos en la que el monarca dictaba la inviolabilidad de los bienes, la obligación de consultar a los hombres buenos para ir a la guerra y tomar acuerdos y el juramento de conservar las buenas costumbres de sus predecesores.

Desde entonces hemos ido para atrás. Menos mal que nos queda el rebaño de cabras.

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