CUERPO A TIERRA
Tropas en retirada
Por qué corre la gente? ¿Huyen de algo? En bicicleta o a pie, tiene que haberlo observado: cada vez son más los conciudadanos que superada la flor de la edad se echan al monte del miserable asfalto en busca de las presuntas bondades del deporte urbano. Y digo presuntas porque de todos es sabido que a partir de ciertas primaveras sus beneficios para la salud dejan de ser equitativos respecto a la inversión que hagamos, y que los réditos más probables vendrán bajo la forma de futuros achaques varios. Hay prácticas deportivas tan exigentes que deberían cotizar en un régimen especial dentro de la seguridad social. Se dice, por ejemplo, que no hay ningún campeón olímpico de remo vivo con más de cincuenta años.
Y luego está el peligro que generan. Mismamente el pasado fin de semana, mi coche se cruzó a la altura de Navatejera con un pelotón despistado del Tour de France bajando correctamente por su derecha y un maratoniano desfondado circulando con no menos adecuación a bandazos por la izquierda, contra el sentido del tráfico rodado. Si el autobús que venía o el arriba firmante, que iba, no nos hubiéramos detenido, ahora estaríamos hablando de una tragedia. Por suerte algún alma caritativa ya había previsto este tipo de contingencias y le dio solución colocando una señalización vertical advirtiendo a los extemporáneos usuarios de las carreteras que somos los automovilistas de que aquel tramo es frecuentado durante los fines de semana por batallones de tropas en desbandada.
Pero no vaya a creer el sedentario lector que se trata de actividades exclusivamente de fin de semana. Yo he visto a mi librero echando los bofes a las ocho de la mañana de un día laborable en el entorno de la rotonda inclinada de los hospitales, que por cierto debería entrar a formar parte de la familia de los monumentos singulares con los mismos méritos que el campanario de Pisa o las Torres Kio. A poco que se aplique la concejala de turismo, saca para ella una declaración de Bien de Interés Cultural. Por singular, que lo es un rato, no por el librero jugándose la vida mientras sortea bólidos con las suspensiones al límite. En fin.
Román Piña, en su novela Un turista, un muerto, harto de las inconveniencias producidas por los velocípedos, imaginaba una agrupación que atentaba contra ellos. Es una ficción, claro, pero a veces…