Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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Los jóvenes furtivos viajaron desde Andalucía hasta Barrios de Luna para matar rebecos. Antes de ser detenidos consiguieron abatir uno. Cuánta distancia recorrida para tan ruin acción. Resulta fácil imaginárselos en el viaje de ida contándose chistes y chismorreos en el coche. «Hay que ver la nueva de Torrente, quillo». Incluso vendría disertando acerca de lo mal que está el país, pues tantos kilómetros dan para mucho. Y la música a todo trapo. Y los fusiles en el maletero, que su listado de emociones fuertes no incluía la lucha cuerpo a cuerpo con el rebeco. No rechazo la caza legal, cómo serlo si soy carnívoro, pero me indigna la chulesca jactancia del furtivo. Hace unos días fueron detenidos otros cinco en Cabrillanes, dos manchegos y tres extremeños. En la mitología, al matar Agamenón a un ciervo consagrado a Artemisa provoca la ira de esta diosa y que se quede con los vientos que iban a permitir a las naves partir hacia Troya. La solución ofrecida por los adivinos fue que el rey sacrificase a su hija Ifigenia a la diosa agraviada. Aquí no somos tan crueles, aunque tengamos nombre de fiera. Si de mí dependiese, les atizaba una multa que les quedase tatuada para siempre en la cartera y en la memoria. Y que regresen a su tierra a pie.

No se puede entender al furtivo sin su entorno. Cometen su fechoría para pavonearse entre copas, puros y risotadas. Qué zafia la crueldad que se regodea en sí misma. También esto es corrupción, y no sólo de la sensibilidad.

A los consejeros de Caja Madrid les dieron tarjeta de crédito y la mayoría se dedicó con ella a la caza. Quizá el uso de la misma era legal, pero el dinero puesto a su disposición fue, desde la ética y la estética, furtivo. Disponían de coto personal para sus disparos privados, mucho más allá de cualquier cuantía razonable para una dieta. No les avergüenza el privilegio, sino haber sido cazados . Pobre democracia, de susto en susto, últimamente todos a bocajarro. El berciano Moral Santín, ex comunista, tiene un gran chalé en Villafranca. Cargó en menos de diez años más de 450.000 euros a la suya. Vamos, calderilla. Donde puso el ojo ponía después la tarjeta. Qué puntería. Con el dinero ajeno es más fácil dar en la diana.

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