FRONTERIZOS
La gente más ejemplar
Nos ha costado, pero poco a poco vamos entendiendo esa advertencia según la cual hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Con esa hábil formulación, grabada a fuego como admonición bíblica y repetida hasta la náusea como cuña propagandística, se va consiguiendo el objetivo de que la socialización de la culpa libere de responsabilidad a los causantes del problema.
Los que predican el fin del capitalismo deberían aprender de la camaleónica capacidad del sistema no solo para sobrevivir a las catástrofes que él mismo crea sino de su envidiable ingenio para echar balones fuera y repartir consignas de culpabilidad, tan bien aceptadas por las sociedades judeocristianas: todo castigo debe someter al culpado a la experiencia purificadora del dolor.
Hemos vivido, en efecto, por encima de nuestras posibilidades. Tanto que hemos sido capaces de pagarles viajes de placer, cacerías de revista, vinos gran selección y quién sabe qué más preciados lujos a los sufridos ejecutivos bancarios que nos daban hipotecas con alegría y escaso miramiento.
Hemos gastado tan generosamente el presupuesto que nuestros sindicalistas han podido hacerse con unos «modestos» ahorros en metálico mientras velaban por el justo desmantelamiento de nuestra industria primaria.
Hemos creado tanta actividad económica y sobraba tanto el dinero que a muchos de nuestros líderes políticos no les ha quedado más remedio que abrir cuentas en Suiza mientras por aquí construían patrias y amamantaban patriotas que se emocionan hasta las lágrimas cantando heroicas canciones frente a banderas de colores.
Hemos vivido tan bien que ni cuenta nos dimos de la telaraña legal que nos tejían con esmero para tenernos bien atados y defenderse de aquellos osados dispuestos a escarbar en la basura: en poco tiempo han expulsado de la carrera judicial a dos jueces que se habían atrevido a remangarse para meter las manos en el cubo de la mierda.
Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Lo hemos hecho esos a los que Podemos llama «la gente»: hombres y mujeres cumplidores y con la ambición justa para llegar a fin de mes sin demasiados sobresaltos, jóvenes que se creyeron el discurso de que formándose podrían vivir un poco mejor que sus padres, mayores que han ahorrado con esfuerzo y privaciones hasta el último céntimo, por lo que pudiera pasar.
Pero esa gente ha sido robada, engañada y ninguneada. Y además declarada culpable. Y si, pese a la rabia, sigue conservado la calma, no ha quemado ningún cajero ni asaltado sede de gobierno, y atiende con paciencia a los telediarios esperando la anunciada epifanía de un cambio de tendencia, debemos concluir que tenemos la gente más ejemplar del mundo. O la más miedosa.