TRIBUNA
Jornada Mundial por el Trabajo Decente
Ante la celebración de la Jornada Mundial por el Trabajo Decente —el pasado día 7— estas palabras recientemente pronunciadas por el papa Francisco, adquieren un profundo significado y una llamada a toda la Iglesia y a toda la sociedad: «Es necesario reafirmar que el trabajo es una realidad esencial para la sociedad, para las familias y para los individuos, y que su principal valor es el bien de la persona humana, ya que la realiza como tal, con sus actitudes y sus capacidades intelectuales, creativas y manuales: De esto se deriva que el trabajo no tenga sólo un fin económico y de beneficios, sino que ante todo un fin que atañe al hombre y a su dignidad. Y si no hay trabajo esa dignidad está herida» (20 de marzo de 2014).
Estamos inmersos en una realidad que ha sufrido y está sufriendo profundas transformaciones en todos los ámbitos de las personas. Y una de las mayores transformaciones que se están produciendo es la manera de entender y organizar el trabajo humano. La forma en que hoy se organiza el trabajo no es compatible con la vida digna.
Dejando a un lado los vergonzantes datos de esta realidad en el ámbito mundial y descendiendo a lo que sucede en nuestro país comprobamos que: más de 4,5 millones de desempleados/as en más de 1.300.000 familias donde ninguno de sus miembros percibe ningún tipo de ingreso. Hoy de hecho, a diferencia de otras épocas, se puede tener trabajo y ser pobre. Las distintas reformas laborales que buscaba, según nos decían, la disminución del paro, lejos de conseguirlo, sí ha logrado precarizar el trabajo y generalizarlo a los trabajadores y trabajadoras en todos los sectores de producción.
Se han perdido prácticamente todos los derechos laborales que tantas luchas costaron a los trabajadores y trabajadoras. Se ha incrementado la desigualdad y la pobreza.
Desde el año 1999, la Organización Internacional del Trabajo (OIT), impulsa el objetivo de lograr un trabajo decente como elemento fundamental para combatir el empobrecimiento y como camino hacia una sociedad más justa y humana.
La Iglesia desde la Doctrina Social (DSI) llama y promueve que se impulse el trabajo decente. También organizaciones sociales y eclesiales estamos trabajando por construir un mundo nuevo en el que el trabajo decente sea una prioridad que nos permita vivir con dignidad.
Como Iglesia no podemos permanecer callados y pasivos cuando las condiciones sociales dificultan que el ser humano pueda vivir con arreglo a su dignidad.
Nuestra preocupación por la vida humana, y especialmente por los pobres, nos debe llevar a ocuparnos y preocuparnos por la realidad del trabajo. No olvidemos que «los pobres son en muchos casos el resultado de la violación del trabajo humano» ( Caritas in veritate , 63)
Invitamos a todas las personas de buena voluntad y a las organizaciones sociales y eclesiales, a aprovechar esta Jornada Mundial por el Trabajo Decente para reflexionar sobre lo que está aconteciendo en el mundo laboral y descubrir y denunciar las causas que propician el sufrimiento de tantos trabajadores y trabajadores; familias, barrios y pueblos.
Con esperanza invitamos a continuar detectando y apoyando las iniciativas que muchas personas, organizaciones y colectivos están desarrollando en el campo del trabajo cooperativo, de empresas de inserción laboral, del trabajo social, del reconocimiento del trabajo no productivo como trabajo necesario para la sociedad; la banca ética al servicio de los empobrecidos; la renta básica ciudadana; la economía de comunión. Todas ellas son manifestaciones de que es posible organizar el trabajo desde otros valores y criterios donde las personas y las familias sean el centro y fin dela producción, de la actividad económica y de la sociedad, y no mercancía a merced de los mercados.
Como hombres y mujeres del mundo obrero y como creyentes, creemos que la buena noticia del Evangelio pasa por ser buena noticia para el mundo del trabajo. La alegría del Evangelio.