Diario de León
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miguel á. varela
León

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Era aquí. Mucha gente fue quemada aquí. Éste es el lugar”. Simon Srebnik va caminando por un bosque en la zona central de Polonia. Busca el punto en el que vivió, siendo un adolescente judío, la gran pesadilla. Ha venido de Israel a localizar el campo de Chelmno, el primer centro de exterminio montado por los nazis en suelo polaco, donde se calcula que murieron 400.000 personas.

Ha vuelto para localizar el infierno frente a las cámaras de Claude Lanzmann, un cineasta empeñado en construir el testimonio definitivo del horror en forma de película inabarcable, escalofriante y caudalosa que tituló “Shoah”.

Srebnik, que fue dado por muerto por el guardia que le disparó en la cabeza dos días antes de la entrada de las tropas soviéticas en el campo, se detiene frente a un prado inmensamente verde. Asiente con la cabeza y dice “difícil de reconocer pero era aquí; aquí quemaban gente”. Es la secuencia inicial de la película de Lanzmann, los primeros minutos de sus casi diez horas de metraje, que se quedan cortas para contar la gran catástrofe.

Lo estremecedor de esa secuencia es que en ese idílico campo verde polaco no queda rastro alguno de lo sucedido a principios de los años cuarenta. Es el milagroso superviviente el único que puede dar testimonio: la memoria del testigo es el elemento transformador de la apariencia.

Eloina Terrón tenía un vago recuerdo infantil de los barracones que, en las afueras de Fabero, albergaron presos políticos en la misma época en la que Simon Srebnik sufría en el campo de Chelmno. Prisioneros del franquismo que fueron usados como mano de obra gratuita bajo el disfraz legal de la llamada redención de penas por el trabajo. Un plan diseñado por el jesuita Pérez del Pulgar que no fue más que una argucia para poner en práctica la venganza de los vencedores, la humillación de los vencidos y el enriquecimiento de un puñado de espabilados sin escrúpulos.

El recuerdo infantil de Eloina le impulsó a rodar Los campos del silencio , un documental sobre el lugar en el que más de dos centenares de hombres arrancaron carbón en condiciones de esclavitud. Rodado hace siete años, le costó trabajo encontrar testimonios directos de aquella infamia. Y en el lugar donde estaba el campo, al final de un camino negro, únicamente queda en pie el edificio que albergaba a los guardianes.

Estos días hemos visto el documental de Eloina, que inexplicablemente no se había proyectado antes en Ciudad del Puente. Al final, un grupo de adolescentes visita la campa desierta de cuyo pasado, como la mayoría de los bercianos, ignoraban todo. A falta de un Srebnik, Eloina fue el testigo que tuvo que decirles: «Era aquí. Éste es el lugar». Esa es la impagable tarea del testigo.

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