CUERPO A TIERRA
El camión de los helados
La inteligencia es uno de los más eficaces mecanismos equilibradores de la riqueza. No por lo que supone el lector malicioso, que ya está pensando que a quien los dioses le otorgan éxito le escamotean ingenio, esto al cabo no sería más que un artificio de consuelo. A veces se da, pese a la teología calvinista de la existencia, pero no. Oír crujir el lóbulo parietal izquierdo de algún político intentando articular una idea, incluso en español, o contemplar el sentido cósmico de la vida en lo que entiende por traje de gala un futbolista de postín, es cualquier cosa menos consolador. Concibo hasta que resulte risible, pero no parece halagüeño, al menos para el sujeto objeto de observación.
La función igualitaria de la inteligencia a la que me refiero tiene que ver, más que con cocientes intelectivos, con potencias intangibles y elásticas como la imaginación y la emoción. Hace algunos años, para ir seguro a cualquier entrevista de trabajo, además del currículo, había que llevar inflada la inteligencia emocional. Era el bálsamo de Fierabrás de los cazatalentos. La falta de talento de los cazatalentos les obligaba a tener una fórmula y era esa. Pero yo no me refiero a esa especie de específico mágico para empresas, sino a la imaginación libérrima; a la loca de la casa, como la llamaba Santa Teresa.
El patrimonio interior del hombre se compone, entre otras cosas, de la imaginación, que es una forma de posesión de paraísos. «Mens agitat molem». El espíritu mueve la materia, decían aquellos que ya lo dijeron todo mucho mejor que nadie, es decir, los clásicos. El capital intangible de cada uno se acrecienta así hasta convertirse en moneda de curso legal en la realidad. Yo esa inteligencia creativa algunas veces la he contemplado en adultos pero siempre en los niños. No sé si es que los años, además de bautizarnos en escepticismo, nos van inmunizando contra los mundos imaginarios propios. Valga un ejemplo. Es un día desapacible. En el patio de un colegio, una niña trata de asomarse al pretil de una vía en donde está trabajando un bulldozer que barrita como un elefante republicano. La niña se estira pero no alcanza a contemplar nada. Cuando vuelve con sus amigos, contentísima, grita una vez y otra y otra: «He visto el camión de los helados…».
No había nadie más rico en aquel patio ni en el mundo.