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CÉSAR GAVELA
León

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Iba con mi padre al fútbol en el autobús urbano. Esto sería hacia 1964, más o menos. La Ponferradina jugaba en el campo de Santa Marta, frente al parque del Plantío. En el autocar, donde nadie llevaba banderas blanquiazules ni iba disfrazado de guerrillero del Temple futbolístico —costumbres muy posteriores— iban dos adolescentes. Sin pretenderlo, escuché lo que decían. Uno contó: «¿Sabes que el padre de Manuel es concejal del ayuntamiento?». Y el otro, respondió: «¡Pues menuda suerte! ¡Lo que robaría mi padre si fuera concejal…!». Yo entonces no entendí aquello porque era un niño y para mí un ayuntamiento era un ente remoto y misterioso. Pero hoy día sé muy bien, como todos, que la podredumbre informa la vida política de infinidad de instituciones públicas. Es más, hay administraciones locales donde no se firma un contrato sin previa penumbra culpable.

Este país está destruido por la corrupción. La que tanto denunciaba el profesor Tierno Galván en los años finales del franquismo. Pero bien sabemos que en democracia esta lacra, lejos de erradicarse, ha crecido. Al amparo del poderío presupuestario de ayuntamientos, diputaciones y autonomías, ejes del mal corrupto. Mientras que la administración del Estado es, con mucho, la menos maleada. Una razón más para defender la recentralización de España.

36 años de Constitución han traído infinidad de bienes de toda índole. Pero también han potenciado las prácticas delictivas, que destruyen la confianza y las bases democráticas de la sociedad. España está enferma, los políticos son el reflejo de ello. Y este país ha sido el más tolerante del mundo con los ladrones de lo público. Que, además, gozan de prestigio, lo que ya es incalificable. «Mira que listo es fulano, que bien se aprovecha».

Esta basura moral nos lleva al caos. Uno no es optimista, en absoluto. Ni ahora ni en el futuro próximo. Uno solo cree en la dura ley. En normas muy rigurosas y en una justicia especializada y rápida que coloque cuanto antes a los corruptos en la cárcel. Solo el miedo, hoy por hoy, puede atemperar la voracidad de la rapiña. Mientras atrás quedan empeños honorables, como la asignatura de Educación para la Ciudadanía que trajo Zapatero, liquidada por el oscurantismo.

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Tenemos un país analfabeto políticamente, que es lo que quieren los dirigentes de nuestra infame partitocracia. Tenemos una alternativa, se dice, formada por una cúpula de jóvenes iluminados y chavistas (el peor modelo de todo Occidente) y tenemos mucha decepción y tristeza. Pero hay que luchar en medio de esta emergencia. Las penas legítimamente severas para los corruptos son imprescindibles. Pero todos sabemos que, como siempre, el poder no querrá hacer nada. Solo engañar. La única esperanza viene de que la sociedad está harta, profundamente harta, y no se va a conformar con más engaños. Ahora ya no.