Diario de León

Publicado por
Catedrático de Literatura
León

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La memoria, como todo el mundo sabe, es individual y selectiva y yo añadiría «compasiva» porque borra lo penoso de los acontecimientos vividos y mantiene el recuerdo del aire feliz del tiempo pasado. En este sentido, el rencor es un esfuerzo. La historia, en cambio, no puede ser memoria. Sólo por analogía podría llamarse memoria. La historia es creación literaria que da fe de acontecimientos, organiza críticamente recuerdos, verifica y pone objetividad en recuerdos individuales, asegura autenticidad y verdad de documentos que registran hechos y reconstruye, de la manera más objetiva posible, lo acontecido que afectó a todos. «Histórica», pues, no es adjetivo adecuado para la memoria que, por ser personal, olvida o recuerda lo vivido y observado según intereses propios y estados de ánimo pasajeros. No existió nunca esa memoria, más que en una desdichada ley de gestual revanchista y llena de intereses particulares y de grupo, en cuanto apareció el dinero como medio de «restauración» de una verdad única; la de los esqueletos. Lo que se llama «memoria histórica» es, pues, fruto del esfuerzo que el rencor exige. Desnaturalización de la memoria que recuerda los buenos momentos.

Las «razones» que se dan para matarse no son evidentemente razones. Las «razones» que se dan para compensar a las víctimas de un bando u otro no son razones sino explicaciones que proceden de la mala conciencia o de la más miserable de las demagogias. Llevo un tiempo leyendo escritos, difícilmente clasificables, de los actores de la guerra en ese cajón de sastre que se llamó bando republicano. Si no conociera las justificaciones de mala fe que el llamado fascismo dio como historia del otro bando y era propaganda, me pondría diligentemente a desenmascarar la mala fe de la propaganda masiva que la «República» dio como justificación histórica y últimamente como desdichada memoria rencorosa.

Palabras como «derecha» e «izquierda» no acaban de depurarse de la bilis que ha ensombrecido el ceño de quienes las usan como estaca desde el siglo pasado. Falta el rigor histórico y falta piedad. La memoria personal no es buen ingrediente para la historia. Después de una reyerta siempre fue el otro el que la comenzó y, la frase «mira las heridas que me ha hecho el cabrón» se dice durante demasiado tiempo. El español es rencoroso. El esfuerzo más frecuente de su memoria es el rencor.

Cuando se reivindica el derecho a una tierra digna para que descanse una víctima de la guerra y el odio, lo que se hace es despertar el grito de las cunetas y los descampados. Basta ya. Los que murieron en el llamado campo del honor, y los que murieron en la retaguardia, la cárcel, la checa, la tapia del cementerio o la cuneta, todos quisieron algo mejor para España, y su sangre ha santificado la tierra. Cualquier parcelilla de tierra es sagrada porque allí yace alguien a quien le arrebataron todo: lo que era y lo que tenía; y también lo que podía ser y tener. Por eso, el ruido de las azadas y las palas no es más que el ruido disimulado de las pistolas del rencor que se oculta en el corazón. Hay que volver a la historia de verdad porque, en el crimen familiar, todos salen perdiendo.

Como primer paso, el historiador tiene un rigoroso ejercicio de depuración de simpatías y antipatías. Un rigoroso ejercicio de generoso desprendimiento de ideologías y doctrinas de todo tipo. La sangre de las víctimas no certifica su inocencia y la mano sucia de los verdugos no asegura ninguna razón.

A los militares familiarizados con la idea de que es lícito utilizar la violencia, no es necesario consultarlos. A los defensores de aquel frentepopulismo, es vano preguntarles por la licitud del crimen, porque lo aceptan como postulado: era la revolución y ya se sabe. Algunos como Carrillo dieron el argumento infame de «es que, o matabas o te mataban». Los demás no contestarán, no contestaremos nunca porque la perplejidad ante lo inhumano, lo que genera es silencio.

De aquello ya han pasado 75 años... Como los biznietos y tataranietos no pueden recordar aquello, por eso se le ha puesto el adjetivo inadecuado de histórica. La palabra «histórica» parece poner algo de rigor científico donde no puede haberlo. El substantivo memoria podría sustituirse por un sinónimo en este caso: «insensatez histórica».

Pero los nuestros, los vencidos siempre tuvieron ventaja. El fascismo quedó desenmascarado por la derrota en Europa, y los horrores del Nacionalsocialismo dieron nuevo significado a las palabras. «Fascismo» aplicado al franquismo de después de la guerra mundial, no tiene el significado que tenía antes. «¿Comunismo»? La palabra comunismo sólo se impregnó del significado pleno cuando se conocieron los crímenes programados de Stalin, Lenin, Trotsky y Mao. Pseudohistoriadores como Tuñon de Lara del partido comunista, nos encandilaron con la «memoria histórica» de la guerra civil; historiadores americanos e ingleses sectariamente inclinados por fuentes poco fiables del exilio no supieron disimular sus simpatías por los vencidos. ¿Vencidos? Hoy sabemos que «vencidos» es sinónimo de «vencedores» porque muchos perdieron la vida y todos perdieron algo más valioso que la vida: la humanidad. El cinismo de vencedores y vencidos era denunciar como crímenes los del contrario y como ejecuciones (por tanto legales) los propios. Pero esa forma de juzgar era también inhumana.

Y es inhumano, así mismo, que lo que se llama «memoria histórica» esté mediatizado por el dinero.

Es hora de la verdad y la piedad. O la historia vuelve por la verdad o cambia de nombre. O la historia olvida memorias maniqueas de partido y mira desapasionadamente los documentos, los clasifica y saca de ellos toda la carga de propaganda y falsificación, o seguiremos otros 78 años dándonos muertazos con saña visigoda. Si ello es bueno para editoriales y autores con pocos escrúpulos, es malo para una sociedad que debe espantar de una vez sus fantasmas. ¿O es la inhumanidad el rasgo definidor del hombre? Sé que estas cosas ya han sido dichas y que se me puede achacar que me gusta lo trillado. Pues sí. Y recuerdo, además, que ya de niño me gustaba la trilla, la parva. Subido en el trillo tenía una pala, para de ponerla bajo el rabo de la vaca, cuando esta decidía soltar una boina vasca. Eso son muchos de los libros que se dan como historia y eso ha sido la desdichada ley de memoria histórica: una boina vasca de vaca sobre la pureza del trigo. A ver si acabamos.

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