EL MIRADOR
Aquí no cabe ni un corrupto más
En el momento en que Mariano Rajoy definía los casos de corrupción como «unas pocas cosas», el juez ya había tomado la decisión de detener a una treintena de corruptos en la propia Murcia, en Madrid y en León. Mientras Rajoy trataba de restar importancia a la evidente gangrena de la corrupción, los policías que actuaron en la redada ya sabían el servicio que tenían encomendado para el lunes, hasta el punto de que un guardia civil se lo sopló a Granados. Bárcenas, Matas, Díaz Ferrán, habrán visto desde la cárcel, por la tele, con interés y afán comparativo, la anteúltima operación contra la corrupción, que también habrán seguido atentamente la legión de imputados de la Comunidad Valenciana. A este paso, vamos a terminar antes contando los que no están corruptos que haciendo el recuento de los procesados, encarcelados o imputados.
Escribir hoy sobre la corrupción en España tiene el riesgo de que cuando se acabe el artículo es probable que haya nuevos detenidos o camino de la cárcel. Todo ello en una operación que parece diseñada por Podemos, más que posible beneficiario electoral de los reiterados destrozos de los últimos años.
El nivel de atronante indignación con el que los ciudadanos reciben cada nuevo caso de latrocinio, mezclado con crisis aguda, hace que ya no sirva decir que se está tan irritado como los españoles indignados, que es muy fuerte todo esto, que qué sorpresa. La gente esta hasta el gorro frigio de que se escenifiquen rasgados de vestiduras, muestras de aparente perplejidad y petición de disculpas; quieren que se devuelva el dinero, que haya dimisiones, que los delincuentes lo paguen, que no les salga gratis a los corruptos.
Tampoco sirve decir que los que nombraron a los ladrones no se esperaba que los ladrones lo fueran, que les han decepcionado, que vaya aparente chasco. Aquí ha habido, y hay, un saqueo sistemático, planificado, premeditado. Un saqueo que algunos, como Granados, han seguido practicando después de estallar los primeros casos de corrupción en el PP, mientras él y otros como él, hacían discursos públicos atestados de ética y lanzaban condenas a los corruptos.
Rajoy, que dijo que nadie podrá probar que Bárcenas no es inocente, que resiste, Luis; que todo es mentira, salvo alguna cosa. No es casual que la buena gente del PP, tipo Ramón Gómez, concejal del ayuntamiento de San Sebastián, que se afiliaron al PP a sabiendas de que les podían asesinar, sean los más descarnadamente beligerantes contra los sinvergüenzas que forman parte de su partido a pesar de ellos. No se han jugado la vida por sus ideas para ver cómo algunos se han montado en el dólar en el mismo partido. Demasiado injusto.