PANORAMA
El sistema
La irritación que manifiesta la ciudadanía en este tramo final de la legislatura tiene causas complejas y una definición muy plástica. El malhumor proviene de la impericia con que las principales fuerzas políticas han afrontado la crisis, una crisis que —cualquier mediano entendedor lo sabe— proviene a su vez de un acúmulo de errores antiguos; de la corrupción rampante que nos ha invadido, sin que los partidos hayan reaccionado con la contundencia y celeridad precisas; de la mala calidad de la política, en manos de unos profesionales generalmente de medio pelo que, en muchos casos, están en tales menesteres por exclusión de todos los demás; de la insensibilidad con que el establishment asiste a la contemplación del paisaje devastado que hoy muestra este país y que mantiene a demasiada gente en mínimos vitales de subsistencia. Es patente, en fin, que todo el cansancio infinito que ha causado la mala sangre acopiada por todas estas razones ha desembocado en una conminación dramática que lanzan al unísono legiones de ciudadanos agraviados: ¡que se vayan! Son los que piensan que el fracaso de la clase política ha sido tan notorio que el problema no tiene solución si no hacemos borrón y cuenta nueva. Los que creen que si no damos por finiquitado el sistema y erigimos otro nuevo que quede en manos de personas distintas, no saldremos de ese agujero negro.
Este diagnóstico es difícilmente objetable. Sin embargo, si elevamos el punto de observación, probablemente tendremos que reconsiderar esta reflexión que, de materializarse, saciaría nuestra agresividad pero no nos conduciría a parte alguna. Porque el enfoque debe ser otro: nuestro país tiene que pertenecer a la categoría irrenunciable de las grandes democracias occidentales, instaladas en los países libérrimos que proporcionan a los ciudadanos el mayor bienestar. No estaría mal ser, en términos de calidad política, como los suecos, los finlandeses, los austriacos, los suizos o los norteamericanos. Ciudadanos que habitan en sistemas parlamentarios de impecable factura, con separación de poderes, elecciones periódicas, grandes catálogos de derechos y libertades. Es decir, sistemas parecidos al nuestro aunque sin las vías de agua del nuestro.
Nuestro sistema adolece de defectos bien conocidos, de falta de controles, de carencias antiguas. Y hay que reconstruirlo, aprovechando el maderamen original y lo esencial de los planes que dibujaron con buen tino los constituyentes, buscando un gran consenso semejante al originario, de forma que recuperemos todo lo bueno de aquel modelo clásico, que es el que ha proporcionado las libertades y el bienestar a Occidente, e incorporemos las novedades que reclama el signo de los tiempos. No hay, pues, que prescindir del sistema porque no existe opción alternativa: hay, sí, que reconsiderarlo de pies a cabeza, someterlo a profunda reflexión y perfeccionarlo con la ayuda de todos.